miércoles, 12 de agosto de 2009

Tiro panal

Eran las tres de la tarde del miércoles 16 de octubre de 1991 y faltaba media hora para el espectacular partido que, en el estadio Lolo Fernández, ícono del neoclasicismo arquitectónico, disputaría Universitario ante el poderoso y temible Octavio Espinosa de Ica, con una multitud de enfervorizados hinchas pugnando por conseguir un pedazo de entrada en las boleterías.

En tal desorden imaginativo se hallaría un hincha crema apostado en la tribuna sur cuando la realidad chocó ante sus ojos. Y no nos referimos a los detalles básicos, como que el encuentro iba a jugarse realmente en un estadio tan pequeño y vetusto como entrañable, que el rival era un equipo comatoso y condenado al descenso, y que había amplio espacio en las maderas para albergar a los 515 feligreses que se dieron cita esa tarde. No, todo eso es secundario. La realidad que contemplaba ese hincha -más confusa, más excéntrica- estaba unos metros más arriba, enredada entre los alambrados de la tribuna popular. Un enjambre de abejas había colonizado el Lolo Fernández.

Enseguida la gente empezó a correr espantada de un lado a otro en las graderías, estimulando involuntariamente a las abejas, que empezaron a revolotear a completo placer. Algunas, las menos listas, prefirieron migrar hacia los arcos y fue ahí que empezaron a bosquejarse los primeros métodos disuasivos. Alguien lanzó contra el alambrado una gorra azul que llevaba impresa la frase “Arriba Alianza”, lo que, más que disuadir, alteró aún más a las invasoras y generó diversas teorías sobre un presunto complot confabulado entre tienda blanquiazul y ciertos representantes de la población himenóptera, que incluyó en la sospecha desde al Avispón Verde hasta la Abeja Maya. A falta de pruebas contundentes, sin embargo, la denuncia quedó archivada.

Fallido el gorrazo, se suscitó entonces el mayor genocidio apícola que registre la historia del fútbol peruano. ¿Por qué? Porque los jugadores, engreidísimos, se negaron a salir al terreno de juego mientras los insectos no fueran exterminados; así que la policía, extintores en ristre, se acercó hasta el arco sur para desde ahí lanzar chorrazos fulminantes que satisficieran el capricho de los futbolistas.

Entretanto, aprovechando que las fuerzas del orden andaban algo distraídas atacando impunemente al enjambre, ciertos barristas de Universitario, menos civilizados que las propias invasoras, comenzaron a apedrear a algunos periodistas como forma de desfogue recreativo.

Las abejas, fuera de tecnicismos en los que aquí no se va a ahondar (si tiene más dudas, consulte a su apicultor más cercano), se dividen en una tipología básica: reina, obreras y zánganos. Estos últimos, como se sabe, son los machos de toda colonia. Más gordos y peludos, solo aparecen durante la primavera (estación en la que se jugó el encuentro) y el verano, teniendo como única ocupación el fecundizar a la reina y ser alimentados por las obreras. La vida perfecta. Por la hora en la que fue programado aquel partido (miércoles, 15:30), es de suponerse que fueran zánganos aquellos invasores del Lolo Fernández. No por ello merecerían menor solidaridad de nuestra parte: amigo oficinista, si usted jamás relegó sus ajetreadas labores de un miércoles por la tarde para ponerse a ver un partido de fútbol, lance la primera piedra.

Al menos, las abejas no se perdieron de nada. El partido arrancó con 15 minutos de retraso y se definió con un gol de Alfredo Cabezón Carmona, que bajó con el pecho un centro de Ricardo Bravo y fusiló al arquero Ángel Cornejo. Después, el encuentro se perdió en las nimiedades típicas del fútbol local: el punto medio entre el desengaño y el bostezo. Los cadáveres de las abejas eran la muda escenografía del desacierto. Ante la pobreza del espectáculo, ¿se justificaba tremenda masacre?

FICHA DEL PARTIDO:

Miércoles 16 de octubre de 1991
Estadio Lolo Fernández
13ra Fecha Segundo Metropolitano 1991
UNIVERSITARIO (1):
Marrou; Bravo, Requena, Barco, Vidales; Bazalar (Carranza), Martínez, Yáñez, Carmona; J.Torrealba, A.Gonzales (F.Torrealba). DT: Iván Brzic
ESPINOSA (0): Cornejo; Huamán, Aguilar, J.Gonzales, Falconí; Pereyra, Incháustegui, Oré (Romano), Ruiz; Asseretto, Quintana (Luna). DT: Raúl Martínez
Árbitro: Jesús Félix
Asistencia: 515
Gol: Carmona 22’PT (U)

Imágenes tomadas de los diarios La República (1) y Expreso (2 y 3)

viernes, 3 de abril de 2009

Amor y Ca-Che

Nota: Se sugiere acompañar la lectura de estas líneas con las inmortales melodías de Motivos (Autor: José Domingo Castaño; Intérprete: Los Morunos).

La mujer del hincha peruano se merece todo. Amor, rosas, bombones, metales, canciones al oído. Motivar su vida, motivar su vientre, motivarla toda, motivarla siempre. Porque quién mejor que ella para comprender, detrás de su aparente ingenuidad ("Cholis, ¿y hoy tampoco juega Pizarro?"), la irracionalidad futbolera perfectamente encadenada: ilusión-fe-apatía-decepción-flagelación. Para soportar las sacadas de pecho de la antesala y los golpes de pecho del post-partido. Y para tolerar algunas impertinencias, como sellar el Día del Amor en un estadio de fútbol.

Eso pasó el 14 de febrero de 1998. Alianza Lima, extasiado aún por haber campeonado después de 18 años, se plegó a diversas estrategias de merchandising con mayor o menor suceso. Una de ellas fue recibir su cumpleaños número 97, fechado en el día 15, con toda su afición recibiendo la efeméride. Para ello, el partido inaugural del Apertura 98’ ante Cienciano fue programado en el estadio Nacional a las 10 de la noche.Alberto Masías, presidente aliancista, acompañó el anuncio con un dardo al corazón: “Los hinchas tienen que probar su amor por Alianza”.




Previsiblemente, los antirrománticos saltaron. Waldir Sáenz encabezó las protestas del plantel y sostuvo el siguiente diálogo con un periodista del diario El Bocón:

-Waldir, ¿es que no quieres cantarle el happy birthday a Alianza?
-Si no espero las 12 cuando es santo de mis hermanos ni la Navidad a veces, menos voy a esperar para eso. No seas maaaalo, pues. Uno también tiene pareja, familia, ¿no?
-¿Qué harás por San Valentín?
-Salir a comer, a bailar y “liquidar” pues, jajaja. ¿Y ustedes, los periodistas, qué van a hacer a las 12 de la noche? Asu madre, qué bravo.

Cabe resaltar que dichas declaraciones fueron realizadas meses antes de que el delantero se fuera a jugar a Estados Unidos y tiñera su cabellera con tonos amostazados; por ende, queda desvirtuada la suposición de algún deterioro mental ocasionado por la adopción de tales tintes capilares. Era Waldir en su estado natural: es decir, con discursos entrampados en la locución “No pues, hermaaano” o alusiones a sí mismo en tercera persona (“Todo el mundo habla de Waldir, que Waldir esto, que Waldir lo otro. Ya dejen tranquilo a Waldir…”).

Pero parece que Waldir olvidaba que tenía de técnico a Jorge Luis Pinto y que el colombiano no era de los que cedían. No obstante, a diferencia de otras ocasiones, esa vez el entrenador empleó la sutileza. Pinto recordó que, dentro de su personalidad autocrática, latía también la festividad caribeña y, bajo la evidente influencia de Eros, declamó que su equipo iba a ser sensual con la pelota. No se quedó ahí, pues convocó a la afición aliancista a acudir masivamente al partido, instruyéndola sobre los beneficios conexos que tenía el jugar a esa hora: “Ojalá que todos los enamorados vengan y aprovechen también la oscuridad del estadio”.

Pero haría más. Decidió mandar a Sáenz al banco de los suplentes e ideó una estrategia altamente perturbadora. Fuera Waldir del equipo titular, la ofensiva blanquiazul quedó compuesta por Aldo Cavero y David Chévez. Alianza iba a ofrecer juego y cache.

“La dupla Ca-Che en el Día de los Enamorados”, tituló en la antesala el diario El Bocón, el único que reparó en la verdadera intención de Pinto. Que no era castigar al rebelde Sáenz, sino expresar la naturaleza de la fecha contrayendo y fusionando los apellidos de su dupla ofensiva: Un coito entre lingüística y fútbol que estableciera un nuevo inicio. ¿Acaso arrancar un torneo no remite a la fuente misma de la vida?

Esa noche Alianza presentó a su equipo, llevó 25 mil personas al estadio, hizo bailar a su gente con la orquesta Camagüey, le ganó a Cienciano 2-0, partió una torta gigante y todos, incluido Waldir, soplaron las velitas (imagen que más de un malpensado asoció con un control de alcoholemia). El primer gol lo hizo el Churre Hinostroza con un ‘globito’ (mensaje subliminal para la adecuada protección) y un festejo que reveló su experiencia en otras disciplinas; la dupla Ca-Che, por su parte, estuvo tan errática como quien ingresa a las lides amatorias por vez primera. La noche tuvo todo, como bien dijo Arturo Cañón Paredes, ex arquero peruano que en su vejez vendiera cigarrillos en el estadio. La voz de su experiencia resumió el evento con agudeza: “Con la música y la dupla Ca-che, solo faltó que regalaran jebes”.

Lo bueno es que todos terminaron contentos. Hasta el mismísimo Waldir. En el segundo tiempo, Pinto lo hizo ingresar tras el fracaso de su experimento y el goleador blanquiazul puso el segundo al minuto 90’, casi sobre las 12 de la noche. Tal como quería, finalmente pudo liquidar.

FICHA DEL PARTIDO:

Sábado 14 de febrero de 1998
Estadio Nacional
1ra Fecha Torneo Apertura 1998
ALIANZA (2):
Battaglia; Basombrío, Baylón, Ruiz, Salazar; Jayo, Bazalar, Hinostroza, Yáñez (Saavedra); Cavero (Sáenz), Chévez. DT: Jorge Luis Pinto
CIENCIANO (0): Mendoza; Chumpitaz, Varela, Maldonado (Parihuana), Zegarra; Muñoz (Duffóo), Cumapa, Vásquez (Takayama), Rossel; Chilindrón, Begazo. DT: Ramón Quiroga
Árbitro: Eduardo Lecca
Asistencia: 25,916 espectadores
Goles: Hinostroza 13’PT, Sáenz 45’ST (AL)

(Imágenes tomadas de los diarios El Bocón (1, 2, 4 y 5) y Líbero (3). Video cortesía de Kenny Romero, DeChalaca.com)

jueves, 5 de febrero de 2009

Amaral, el breve

La seguridad es tan corrosiva como lo son las dudas
Milan Kundera

Si algún técnico en el fútbol peruano llegó a cultivar aquello que se conoce como “don de gentes”, ese fue el brasileño José Carlos Amaral. Buen tipo. Basta recordarlo acercándose a saludar, antes de cualquier partido, a los árbitros, a los periodistas, a los recogebolas, a los aguateros y a cada integrante de la banca suplente rival, aún si el encuentro en que su equipo se jugaba la vida ya había comenzado. Es más, si hubiera podido, se subía a la tribuna a estrechar la mano de cada hincha. Con la convocatoria que suele tener el fútbol local, no le hubiera tomado ni cinco minutos.

Su frágil anatomía y finos modales despertaron una serie de infames sospechas de parte de un medio que privilegia el vozarrón, el carajeo y el chetumare. Él ni se inmutó y hasta llegó a lucir un arete en la oreja izquierda en tiempos en los que el metrosexualismo futbolero no transgredía más allá de los inocentes peinados con gel de Chemo o Baroni.

El brasileño, como es de público conocimiento, llegó a Alianza Lima en 1990 y se quedó un año y medio en La Victoria. El final llegó en la primera semana de septiembre. César Cueto, postergado por varios meses, anunciaba su retiro definitivo de las canchas, al parecer dolido por las repetidas sugerencias que le diera el técnico sobre su edad y condiciones físicas. El día 8 cerró el ciclo: con un Comando afiebrado en apoyo al Poeta, Alianza perdió 0-1 ante Defensor Lima en Matute y Amaral recibió palabras tan subidas de tono que este blog, usualmente plural en el empleo del lenguaje, se permite no reproducir.

Al día siguiente Amaral se despedía de Alianza arguyendo “incompatibilidad disciplinaria”. Al ser consultado por la prensa sobre lo que haría en adelante, regó filosofía: “Vivir”. Una oferta de Municipal interrumpió sus planes.

Los ediles marchaban en el limbo del Segundo Metropolitano, entre la liguilla y el descenso. Su técnico Ramón Quiroga acababa de renunciar y el buzo vacante se lo disputaban Amaral y Roberto Titín Drago. No fue la Ley de los 6 Minutos, sino la de los 6 Días. Tras ese lapso, las conversaciones entre el brasileño y José Marcelo Allemant, presidente edil, vieron la luz. Amaral llegaba a Muni.

Su debut era una revancha personal: Defensor Lima, el culpable indirecto de su salida de Matute, y –créalo- líder del torneo de la mano de Roberto Challe. El partido se jugaría como preliminar de un clásico. Ese día, el Nacional estaba lleno de bote a bote gracias a los “carruseles”, marca distintiva de esas épocas, con autoridades políticas multiplicándose para controlar la falsificación de entradas. En tribuna, una bandera de Brasil flameaba. Era el debut soñado.

Y entonces se suscitó una de las manifestaciones más anormales de afecto tribunero que se recuerden. Había culminado el primer tiempo del Defensor-Muni, con empate parcial 1-1, y Amaral se dirigía a vestuarios. En el camino fue oyendo una ovación que se acrecentaba. Miró arriba, hacia el Comando Sur, el mismo que lo había destrozado en insultos solo dos semanas antes, batiendo palmas ante su presencia. Los aplausos no cesaban, la sorpresa era total. ¿Habrá podido Amaral recuperarse del shock y ofrecerle una digna charla técnica a sus nuevos dirigidos?

Puede que no, porque Municipal salió adormilado al segundo tiempo y acabó perdiendo 2-1 con gol de Raúl Monstruo Hurtado. ¿Qué habrá pasado por la mente del brasileño? Una opinión psiquiátrica semicalificada asegura que la nostalgia pudo haber derribado cualquier compromiso con la realidad vigente, siendo este fenómeno más traumático cuando no ha habido un tiempo de quietud suficiente para reparar en la nueva condición asumida. Viéndose ahí, en el Muni del puñado de hinchas e infinitos problemas, Amaral ha de haber pensado lo que muchos ante cualquier situación indeseada: Que xuxa faço eu aqui.

Tal hipótesis podría respaldarse en una foto tomada al final de aquel partido, donde se observa a Amaral levantando un pulgar con la mirada perdida y, a su costado, a Roberto Challe aplaudiéndolo, como tratando de despabilarlo. La frase de Kundera, que epigrafía esta nota, podría ser la respuesta a tanto misterio.

Así que renunció, derribando probablemente el record de estabilidad laboral que cualquier entrenador haya tenido en el medio: 1 partido. Allemant no supo darle explicación a los hechos. Afirmó que habían cumplido todos sus requerimientos, como darle almuerzo a los jugadores (el equipo trabajaba a doble horario), conseguir balones oficiales para el entrenamiento y hasta concentrar al plantel en el Hotel Diplomat. En Municipal, respecto al fútbol moderno, eso equivale a construir un nuevo estadio, tener ocho canchas de entrenamiento y veinticinco áreas recreativas. “Le conseguimos de todo y yo pensé que estaba contento”, acotó el presidente edil.

Pero a Amaral, confeso creyente en el karma y la reencarnación, tales esfuerzos no le eran suficientes. Con un profundo conocimiento personal, afirmó no sentirse preparado para cumplir tamaña misión: “No tengo la pretensión de ser un gran entrenador. Puedo ser hasta chofer de autobús o barrer la calle, pero siempre siendo un hombre correcto”. Su honestidad brutal no fue comprendida en su cabal dimensión. Más terrenal, el recordado y querido Juan Eduardo Hohberg (q.e.p.d.), su sucesor, no parecía muy convencido de la espiritualidad que desplegaron las palabras del brasileño, tildándolo de “paracaidista que vino en busca de dólares”.

En fin. La carrera de Amaral tuvo un breve repunte cuando, al año siguiente, subió a Primera con el Ovación Sipesa. Luego lo contrató Cristal. De ahí la curva fue descendente: Boys, Torino, Aurich Cañaña, hasta volverse comentarista deportivo de Canal 4.

Pero Amaral jamás perdió la cordura. Para aquellos que creen que solo la humildad salvará al fútbol peruano, gocen con algunas de sus frases más memorables, tomadas al azar de una revista Once de 1997:

-“Hay entrenadores que son ganadores y otros no lo son. En este último grupo me incluyo. Estuve en Alianza y Cristal y ahora estoy en nada”.

-“En Cristal fracasé porque perdí la humildad”.

-“Mi relación con el Perú es espiritual. Pienso que el Perú es mi karma y me encanta la cultura inca”.

Tales credenciales declarativas bastarían para hacerlo entrenador de la Selección. Lamentablemente, a Amaral hace tiempo le perdimos el rastro. Más de uno ha tratado de ubicarlo en Pare de Sufrir y otras comunidades garoto-cristianas, pero ha sido en vano. Parece que su rollo iría por el hinduismo, sin descartar de plano el confucionismo.

Lo único cierto es que no sabemos nada de él desde 1998, año en que un equipo al que ya había entrenado le dio una nueva (y la última) oportunidad de dirigir en el medio. ¿Adivina cuál fue? Sí, acertó.

FICHA DEL PARTIDO:

Domingo 22 de septiembre de 1991
Estadio Nacional
6ta Fecha Segundo Metropolitano 1991

DEFENSOR (2): Palma; Robatti, Vinces, Castro, Barreda; Díaz, Vílchez (Bassa), Meza (Lula), B.Rodríguez; Hurtado, Revilla. DT: Roberto Challe
MUNICIPAL (1): Vega-Centeno; M.Morán, Mármol, J.Vidales, Vega; José Soto, Chirinos, Guillén, L.Morán (Jorge Soto); Besada (Turletti), Sciaqua. DT: José Carlos Amaral
Árbitro: Leo Ramírez
Asistencia: 36,197 espectadores (preliminar Universitario-Alianza)
Recaudación: S/. 138,022
Goles: V.Díaz 17’PT, Hurtado 33’ST (DL); Besada 19’PT (DM)

(Imágenes tomadas de los diarios El Comercio (1 y 5) y Expreso (2, 3 y 4))

viernes, 12 de diciembre de 2008

Derby macho

La historia contará que alguna vez Barcelona y Real Madrid fueron teloneros de Sport Pilsen, Cienciano, Deportivo Cañaña y La Joya de Chancay.

El puñado de lectores que tiene este blog ya habrá notado que no suele condicionarse por la chata coyuntura, pero el que en esta semana hayan coincidido el final de la Copa Perú y el derby español permitió aderezar una fusión digna del paladar más empalagoso: el encuentro entre el Barcelona de Surquillo y el Real Madrid de Camaná en la Finalísima del “fútbol macho”, año 1983.

Así, la esencia de los dos equipos más poderosos de España quedó afincada en el amarillento (pero natural) grass del Estadio Nacional de entonces. Fue también, ciertamente, un homenaje al desacierto y al codazo en la córnea, tan característico del viril precepto que guía al campeonato de ascenso peruano.

La inverosimilitud fue también instaurada por los co-partícipes de aquel hexagonal final. Por ejemplo, el Sport Pilsen de Guadalupe (a la postre campeón del torneo), que, al no contar con fondos para hospedar a su delegación en un hostal dos estrellas, encontró alojamiento en la cochera de su presidente, Sr. José Lupardi, en el jirón Mariano Aragonés 165, Balconcillo.

El Barza y el Madrid no tuvieron tantos problemas. Los blaugranas se recluyeron tras las altas paredes del colegio Leoncio Prado. Se especuló con conseguir albergue en una casa de retiro en Chaclacayo, pero su dirigencia favoreció el rigor de la disciplina militar en desmedro de las curativas bondades de Chaclacayo, “remanso feliz de bonanza, tierra verde, dorada y azul”, como reza el vibrante himno que le compusiera doña Maruja Silva Calderón.

Los madridistas, en cambio, prefirieron la cercanía y fueron huéspedes ilustres del hostal Renacimiento de Santa Beatriz. A él arribaron con un cargamento altamente nutricional consistente en un saco de frejoles, tres de arroz, dos de papas y cuatro bolsas de fideos. Conformaron la delegación 21 futbolistas, el comando técnico y la Sra. María Dolores Vásquez, quien desempeñaba la triple función de cocinera, huesera (léase, masajista) y madre del jugador Alfredo Luna.

Ambos cuadros asumieron la identidad de sus parientes ibéricos de forma variable. Barcelona sí vistió con los colores azulgranas, aunque no tuvo un Himné de Barça ni Serrat que lo cantara. (Jalón de orejas para su directiva que, con algo más de esfuerzo, hubiera conseguido que las orquestas de Lucho Macedo o Nico Estrada, surquillanos de alma y pie, le hicieran una huaracha).

Real Madrid, en cambio, fue más cauto y no pretendió alzarse como sucursal camaneja de los merengues. Por ello, eligió una indumentaria íntegramente celeste, basándonos únicamente en los reportes de la época que así lo indicaban, ya que las fotografías en blanco y negro no permiten dilucidar el factor cromático. Comprenderán los lectores que aún no había High Definition.

Como turbadora apoteosis, los delegados de los seis clubes hicieron la presentación de la Finalísima en la Casa España.

Para el que le interese, Barça de Surquillo acabó goleando 4-1 al Real Madrid de Camaná, pero por suerte ninguno de los dos llegó a Primera y salvamos así del ridículo internacional.

FICHA DEL PARTIDO:

Domingo 20 de noviembre de 1983
Estadio Nacional
1ra Fecha Finalísima Copa Perú 1983
BARCELONA DE SURQUILLO (4): R.Castañeda; S.Espinoza, C.Falcón, A.Flores, A.Sánchez; E.Rivero (J.Falconí), J.Cordero, R.Zúñiga, D.Acuña, C.Ubidia, J.Torres (Chirinos). DT: Humberto Castillo
REAL MADRID DE CAMANÁ (1): P.Carranza; L.Díaz (Vílchez), V.Riega (Pintos), V.Hernández, H.Zúñiga; A.Luna, M.Quintana, Ortiz, V.Fernández; H.Villega, J.Fonti. DT: Ernesto Molino Carazas
Árbitro: Samuel Alarcón
Asistencia: 17,216 espectadores
Goles: Ubidia 32’PT y 1’ST, Torres 4’ST y 19’ST (BS); Vílchez 5’ST (RMC)

(Imágenes tomadas del diario La Crónica)

martes, 11 de noviembre de 2008

¡Más audios!



Sabemos que esto puede traer cola, pero la ética periodística obliga a informar. Gracias a la magia de Youtube, hemos tenido acceso a un material revelador que trataría de dar pistas sobre uno de los clásicos más sinuosos de nuestra historia. Aquel de octubre de 1995, suspendido en pleno segundo tiempo, con un penal rectificado, con las tribunas bombardeando las canchas de piedras. Un faenón del desconcierto.


La responsabilidad del oficio obliga a preguntar sobre la procedencia de dicho material con el mismo escepticismo que mostrara el cantautor ecuatoriano Delfin Quishpe frente al 11-S: ¿Quién lo hizo y por qué lo hizo? Respondiendo el 50% de tal enigma: fue el recordado programa deportivo noventero Goles en Acción. ¿Cómo lo hizo? -la tercera interrogante azul- es un misterio profesional que sus autores están en todo derecho de salvaguardar. Deduzco que con micrófonos ocultos en las canilleras de los protagonistas.

“Si esto ya fue publicado, ¿dónde está la novedad?”, se preguntarán los lectores más exigentes. En realidad en nada, pero eso no importa. En el periodismo, el refrito nunca muere.

Dicho esto, habrá que apuntar que fueron cinco los audios y, por ende, cinco las transcripciones a las que podrán acceder en Los Anexos de Cómicas (sobre todo en caso de que el usuario que colgó esto en Youtube sea hostigado por las autoridades oficiales y se vea obligado a retirar tan valioso material de la red).

Audio No. 01. El Rimmel. Debe ser uno de los diálogos más amariconados en la historia del fútbol nacional. En ella, dos de los interlocutores, ambos de nacionalidad brasileña, se enfrascan en una cháchara sobre las bondades del rimmel importado de Brasil. Intervienen después otros jugadores, derivando la charla hacia la perfumería y a los atuendos de la línea Primavera-Verano 95-96.
El contacto es excesivamente afectuoso, proliferando en abrazos y cachetaditas. Sorprende especialmente el ingreso a escena del diminuto volante Freddy Torrealba, a quien no imaginábamos imbuido en manifestaciones propias de la etapa pre-metrosexual.
Por suerte ‘Lolo’, ya muy enfermo por esa época, nunca llegó a ver esto.
La dirigencia de Alianza Lima, probablemente atenta ya a los síntomas presentados por el universo futbolero –que favorecía en exceso el uso de coletas y cremas rehidratantes-, decidió armar un espectáculo previo al partido con una decena de bailarinas supuestamente belgas, color yogurt, todas vestidas con los colores blanquimorados. Fue en vano: ni sus esforzados contorneos desviaron la atención de los jugadores.
Los audios, sin embargo, no registraron el reencuentro del aliancista Gustavo Tempone y el técnico crema Sergio Markarián, quienes se saludaron dejando atrás una vieja enemistad. Por el buen nombre de Don Sergio, qué bueno que así fuera.
Audio No. 2. Yo me hago el Loco. El árbitro Alberto Tejada estaba en una tarde de malas. Algún gracioso le había lanzado una piedra mientras realizaba el calentamiento previo, provocándole un hematoma en el pecho. Ya suficiente había sido que le gritaran todo el rato “¡Tulio, Tulio!”, alterando su estado psíquico. Así que, fácilmente, podría especularse que Tejada estaba harto y lo que menos necesitaba era escuchar a Alfredo González sugiriéndole cobrar “un penalito, algo que no sea muy obvio”, como revela el audio. El rostro visiblemente cansado del juez demostraría que tan solo empleó la técnica discursiva que debe usarse con este tipo de sujetos; es decir, seguirle la corriente. Algo así como los subalternos que se ríen de sus chistes. La frase “Yo me hago el loco”, además, evidenciaría el estado traumático en que se encontraba el réferi debido a los acontecimientos recientes de su carrera arbitral. Por ello, libramos este diálogo de toda responsabilidad penal, por su absoluta intrascendencia, la prescripción en el tiempo y todos los factores previamente expuestos.

Audio No. 03. Unos cigarritos. Este audio descifra el desconcierto vivido en la cancha por las autoridades una vez que Tejada decidió suspender el partido, en el segundo tiempo, a los 16’ (que eran los años que Alianza llevaba sin campeonar, como apuntaron algunos numerólogos y fanáticos de la ‘U’). Todos se originó cuando los arcos de Francisco Pizarro y Héctor Martín Yupanqui empezaron a ser bombardeados por objetos de diverso calibre. A Yupanqui, por ejemplo, la barra aliancista lo derribó con una botella y un frasco de mayonesa. El presidente crema, Alfredo González paseó al arquero por el médico legista, la comisaría de La Victoria y el Palacio de Justicia: todo para certificar la mancha amarilla que tenía en el hombro. Su símil blanquiazul, Rolando El Gato Sánchez, afirmó que Yupanqui había fingido las pedradas recibidas y que merecía sanción a perpetuidad, comparándolo con el chileno Cóndor Rojas. A ello, González respondió que si Sánchez no creía en la justicia peruana (ojo que el país vivía en pleno cáncer fujimorista), entonces “que mejor llame a Alan García”; acto seguido, lo amenazó con una demanda por difamación de 5 millones de dólares.
Yupanqui, ajeno a tan bajas pasiones, tan solo expresó su sorpresa por la reacción de la barra blanquiazul, ya que “nunca me habían ni insultado, solo me molestaban con el huaico que se llevó mi casa en Chosica”.
Predeciblemente, el clásico funcionó como perfecta cortina de humo para la época. No se habló de política por semanas y el Congreso, en el tradicional tono de “esto no puede seguir así”, citó a los presidentes de los clubes para que explicaran lo sucedido, como si hubiera habido algo que explicar.
Ni siquiera el árbitro se lo tomó tan a pecho (bueno, la pedrada dolía), como bien comprueba el audio en que se escucha a Tejada pedirle a un policía que le haga el favor de comprarle unos cigarrillos, muy sentadores para el mal rato.

Audio No. 04. Penal no, fenomenal. El clímax del partido, y causa madre de todo el revuelo posterior, fue un penal rectificado por Tejada. Inicialmente, el juez cobró la mano dentro del área del defensor crema José Hilacha Espinoza, previa acción de Darío Arañita Muchotrigo. Luego, tertulia mediante con el línea Yuri Pineda, cambió su parecer. Lo que revela el audio, sin embargo, no coincide con las afirmaciones post partido dadas a la prensa.
“En primera instancia, pensé que sí. Pero después el juez de línea, que estaba mejor ubicado, me llamó para informarme de lo sucedido”, dijo Tejada, inocente al fin. No previno el puñal. Ipso facto, el linesman Yuri Pineda aclaró en modalidad ilegible: “Yo no llamo a Alberto, él viene hacia mi y, como una deferencia a que no termine de venir, me acerco hacia él. El error está en que conversamos alrededor de los jugadores de la ‘U’. (…) En ningún momento le digo que fue penal, desiste, retráctate, no, no le digo ello, tal vez me faltó mayor contundencia, energía, al botar a los jugadores, a separarlos. Los jugadores aprovecharon el momento, ¿no? y entiendo que pudo haber cierta duda”. Pilatos, Judas y Cantinflas pasaron por la licuadora y salió esa declaración. Suerte que en Matute no hubo un árbol del cual colgarse.
Las reacciones no se hicieron esperar. Mientras Julio César Uribe hizo un repaso escolar de todos los adjetivos con la letra “i” (“Es inconcebible, increíble, inaudito”), Alfredo González afirmó que “un canal amigo” (¿sería RBC?) había realizado unas tomas desde la ubicación de Pineda que demostraban que el balón había impactado en la quijada de Espinoza y que pronto se harían públicas. Seguimos esperando.
Los audios, lamentablemente, tampoco permiten absolver esta polémica que pasará a los anales de la historia futbolística nacional. Lo único trascendente que ofrecen son los reclamos del defensor Marcelo Sozzani, cuya nacionalidad tranquilamente podría quedar en cuestionamiento por el mal empleo de argentinismos en expresiones como “¡Ché, usted cobró penal!” o “¿Qué le dijiste tú, ché?”. Nótese, además, el gran parecido de la voz magnetofónica de Sozzani con la del periodista Daniel Peredo, quien narrara de forma conmovedora el reciente tanto peruano de Johan Fano, precisamente ante los albicelestes. De ello se desprenden tres teorías: a) Marcelo Sozzani era peruano. b) Daniel Peredo es argentino y el relato histórico solo camuflaría su verdadera nacionalidad. c) Marcelo Sozzani nunca existió; era Daniel Peredo disfrazado.

Audio No. 05. Ay mis dientes. El quinto y último audio desclasificado es, en apariencia, el más trivial de todos. En él se escucha al juez Alberto Tejada ilustrando con paciencia a un miembro de nuestras fuerzas policiales sobre todos los aspectos del clásico del fútbol peruano. Pero lo neurálgico del asunto reside en la intervención posterior del veterano comisario de la ADFP, Óscar Cavero. Este, tras recurrir a una ligera broma para distender los ánimos, lanza una exclamación que el audio no deja percibir en toda su dimensión: “¡Ay, mis dientes!”.
Lo cual deriva en una nueva hipótesis: que aquel clásico no se suspendió por el penal rectificado o las piedras tribuneras. No. La verdadera razón fue una dentadura perdida, inubicable en la inmensidad del campo del juego; por ende, proclive a ser maltratada por los chimpunes de los veintidós protagonistas del espectáculo.
No debería descartarse, además, que algún malhadado haya recogido cautelosamente los dientes del venerable comisario para generar disturbio. Dejo abierta dos preguntas: ¿Por qué culminan los audios precisamente con la desaparición de los dientes? ¿Es posible que, en lugar de una piedra, una botella o un frasco de mayonesa, lo que haya impactado en Yupanqui haya sido la dentadura del Sr. Cavero?
Cuando menos, nos deben una explicación.

FICHA DEL PARTIDO:

Domingo 29 de octubre de 1995
Estadio Alianza Lima
2da Fecha Octogonal 1995
ALIANZA (0): Pizarro; Basombrío (Lutcke), Sozzani, Ruiz, Salazar; Jayo, Hinostroza, Tempone (Rosales), Marquinho; Muchotrigo, Navarro. DT: Julio César Uribe
UNIVERSITARIO (0): Yupanqui; Morán, Espinoza, Domínguez, Ubillús; M.Rodríguez, Carranza, Martínez, F.Torrealba (C.Gonzales); Rossi, Carty. DT: Sergio Markarián
Árbitro: Alberto Tejada
Asistencia: 21,154 espectadores

(Imágenes tomadas del diario El Bocón. Video tomado de Youtube; User: intimo333)

viernes, 15 de agosto de 2008

Once y doce

Ya es un clásico de todo febrero. En medio del soponcio veraniego, hay siempre una semana dedicada a un acontecimiento que se empeña en trascender la placidez de las playas o la brutalidad de los carnavales contemporáneos: el inicio del campeonato local. Lindando con la novelería, los jugadores lustran sus chimpunes, la prensa fabula expectativas y los estadios se abarrotan de idealismo.
No pasan siete días para que todo vuelva a la normalidad. Las tribunas se despueblan y el oficio de heladero de estadio vuelve a tornarse inestable. Los periódicos voltean la cara, dicen “yo no dije lo que dije” y disertan en torno a la mediocridad del torneo local. Por último, los futbolistas recrean el desatino a estándares que solo la dipsomanía y diez quincenas atrasadas pueden justificar. Así son los febreros.

Pero antes de todo esto sobresalen las ganas. “Me pican los pies”, afirman los futbolistas antes de arrancar un nuevo campeonato. Sea por entusiasmo o por hongos, su sinceridad es plena. Quieren jugar cuanto antes. Pero lo que pasó en 1993 con un jugador del UTC ya fue exagerado.

El equipo cajamarquino, maltratado por la estrechez económica y la precariedad futbolística, debía inaugurar el Descentralizado enfrentando a Sport Boys en el estadio Nacional. Los rosados, a diferencia de estos tiempos, tenían una de las mejores plantillas del medio: el arquero Jacinto Rodríguez, Pedro Requena, Puchungo Yáñez y Germán Avestruz Carty, entre otros. “Sería lindo empezar con una goleada” dijo Roberto Challe fungiendo de adivino en lo que era una apuesta segura. Bastaba saber que UTC solo presentaría a dos suplentes en el banco.
Pero entonces sucedió lo inverosímil. Los equipos salieron al campo y los fotógrafos se acercaron con la idea de captar a los flamantes planteles del Descentralizado. Tan abocados se encontraban en su misión retratista, que ninguno reparó en que en las fotografías aparecían doce jugadores del UTC debidamente uniformados. Providencialmente, el árbitro Arnao se percató del error antes de que iniciase el match y, sonrisas van, sonrisas vienen, retiró del gramado a un jugador de apellido Castro.

Dos hipótesis comenzaron a circular. La primera giraba en torno a un desliz del comando técnico. El entrenador José Salas habría caído en la distracción que años atrás, con buzo de Universitario, tuviera el Gato Fernando Cuéllar en la charla previa a un partido de los cremas. Inadvertidamente, Cuéllar había nominado a doce jugadores titulares para un encuentro y al ser notificado de su error por Jesús Torrealba (“Profe, somos doce”), resolvió el asunto con clase, ganándose El Chucho un lugar preferencial en el banco de suplentes. Según esta teoría, Salas no habría tenido los ágiles reflejos del Gato para resolver el desacierto matemático.
La segunda hipótesis señalaba que el propio jugador habría desatendido la alineación dada por el técnico y, por propia cuenta y riesgo, habría saltado al campo entusiasmado por el inicio de un certamen que, además, estrenaba un estadio Nacional con césped recién cortado (“A lo Wembley”, como sugirió el suplemento deportivo Crack). De paso, Castro burlaba así el cruel anonimato que envolvía su carrera deportiva. Tal conjetura encuentra respaldo en que quien escribe estas líneas no ha encontrado a algún conocedor de fútbol que supiera responder cómo se llamaba el susodicho. Alguno atinó a responder que Jorge, pero que no estaba seguro. Súmese a ello el hecho de que el equipo cajamarquino apenas había llevado dos suplentes a su debut, por lo que Castro iba a estar obligado a compartir banca, casi en solitario, con el técnico Salas. Su intrascendencia hubiera quedado expuesta ante todos.

Sin embargo, con el correr de los minutos asomó la paradoja. UTC empezó a ser fácilmente superado por Boys que, además, tenía el antecedente de haberle facturado a los cajamarquinos una goleada de 8-2 en la temporada anterior. Por eso, cuando el partido se puso 2-0, todos los jugadores ‘utecinos’ querían irse.
Por ejemplo, el delantero Miguel Pacora se ganó la tarjeta roja tras aplicar un codazo en la oreja izquierda de Cédric Vásquez. Muchos lo tildaron de irresponsable. Pero lo cierto es que la acción de Pacora fue más que temeraria, tomando en cuenta que Vásquez fue uno de los adalides del macheterismo ochentero. Por entonces, meterle un codazo a Vásquez era, más o menos, como lanzarse en carretilla contra el Puma Carranza o fingir una falta del Churre Hinostroza.
Pero Pacora no fue el único. Promediando los 51’, en la jugada en la que Requena puso el 4-1 parcial, el arquero visitante Dionisio Gil se estrelló “accidentalmente” contra el vertical y obtuvo un leve y oportuno traumatismo encéfalo craneano que lo libró de continuar en el juego. Su inexperto suplente, Johnny Aguilar, tuvo que entrar al terreno para comerse tres goles más. Castro se quedó solo en el banco hasta los 72’, cuando ingresó por Julio Buendía. El partido ya iba 5-1 y no había nada que enmendar.

Terminado el encuentro con un contundente 7-1, algunos periodistas se dedicaron a comentar que la suerte de UTC estaba echada, como al final lo estuvo. Y entonces alguien reparó en la extraña situación de los doce jugadores y otro comentó que al equipo cajamarquino “se le venía el Vía Crucis”. Varios segundos de silencio irrumpieron en la tertulia. Se unieron cabos. Se reparó en el guarismo. “Doce, como los apóstoles”, se murmuró. Fueron en busca de una Biblia que, siendo objeto infaltable junto al walkman y al Charcot en el maletín de todo futbolista, fue fácil de conseguir. La Última Cena, la Crucifixión, los 24 chimpunes. Todo coincidía. “¿Y cuál de los apóstoles sería Castro?”. La pregunta se perdió irremediablemente entre la brisa veraniega porque dieron las siete de la noche y Universitario y Sipesa se aprestaban a arrancar el partido de fondo.

Quiero dejar en claro que no me adscribo de modo alguno a esta última hipótesis, aunque no niego que bien merecería una investigación. Pero creo que es mejor dejarla a los expertos. Dan Brown tiene la palabra.

FICHA DEL PARTIDO:

Sábado 27 de febrero de 1993
Estadio Nacional
1ra Fecha Descentralizado 1993
BOYS (7): J.Rodríguez; Jacquet, Pedraglio, Requena, Barreda; Aspe, Cédric Vásquez (M.Charún), Yáñez, Asseretto; Carty (Araujo), Mordini. DT: Roberto Challe
UTC (1): Gil (Aguilar); Casas, Salas, M.Ramírez, Elguera; Rivera, Sánchez, Buendía (Castro), Pacora; A.Torres, W.Ramírez. DT: José Salas
Árbitro: Antonio Arnao
Asistencia: 7,043 espectadores
Goles: Asseretto 18’PT, Carty 33’PT y 16’ST, Mordini 3’ST, Requena 6’ST, Pedraglio 38’ST, Jacquet 41’ST (SB); Casas 35’PT (UTC)
TR: Pacora (UTC)

(Imágenes tomadas de la revista El Gráfico (1), el suplemento Crack (2, 3 y 4) y los diarios Onda (5) y Expreso (6))

HALLAZGOS BIZARROS No. 2: Diez y once

En Tacna, la tarde del 31 de enero de 1982, el entrenador Walter Milera (q.e.p.d.) elaboró un esquema altamente vanguardista. 4-3-2. Naturalmente, no fue iluminación divina, sino adaptación al desastre. Era la última fecha del campeonato de 1981, y Deportivo Junín, sin mayores aspiraciones, decidió ahorrar y mandó solo a diez jugadores a la Ciudad Heroica para medirse con Bolognesi. Rivera; Uculmana, Uribe, E.Salazar, Pineda; Jaramillo, Miranda, Jaime; J.Salazar, Muchotrigo. Estos fueron los diez que mandó Milera al campo. Bolognesi goleó 3-0 goles de ‘Camote’ Vásquez, Vicente y Liendo. Pero esa tarde ganó el fútbol. La improvisación se volvió arte.

Fecha: 31 de enero de 1982.
Fuente: Diario La Crónica.