viernes, 16 de noviembre de 2007

Lo puso en línea

Vamos, los ochenta no eran tiempos de amor y perdices: de perdigones, en el mejor de los casos. Matar y defenderse se convertían en sinónimos, como el miedo y la sinrazón. Tu prójimo no era más que un sospechoso. Una Beretta, tu mejor amiga, la única en que podías confiar. La única religión, la violencia, y el rezo unánime Masácrense los unos a los otros. Amén.
No se confunda. Con lo dicho no pretendo librar de culpas y responsabilidades a nadie. Mucho menos al señor Gregorio Cornejo, a quien no conozco y me permito saludar de encontrarse leyendo estas líneas. Él, acaso, no fue más que una víctima de la irracionalidad de los tiempos y de la crueldad de este país. Será la Historia, en último caso, quien lo absuelva o lo condene.
¿Quién diablos es Gregorio Cornejo?, se preguntarán los contados lectores de esta humilde bitácora. Poco sabemos y por ello es conveniente no adelantar juicios. Su nombre entra a tallar en esta historia solo por dos razones: 1) era juez de línea del fútbol profesional y 2) le lanzó un banderillazo en la cara al Chuncho Torrealva. Ahora, abordemos los detalles de este relato.
El campeonato de 1987 se había reanudado tras la tragedia del Fokker y los jugadores de Universitario dejaban atrás el insoportable verano del 88 para visitar Cusco. Cienciano los esperaba. Por entonces, el cuadro cusqueño era poco más que un equipito de barrio, once voluntades de la medianía, una comparsa de cabeza gachas, un actor secundario de los muchos que tenía el enrevesado torneo nacional. Lo dirigía Hugo Ochoa Tássara, un absoluto desconocido para los más jóvenes (entre los que me incluyo), pero que ya en Edad Pfizer (69 años) va en busca de la trascendencia negada por su propia patria en el vecino país de Bolivia. ¡Suerte!
Volviendo a lo que nos ocupa, Universitario se presentaba en Cusco bajo la dirección de Juan Carlos Oblitas, aún sin canas. Para los que gustan coleccionar datos intrascendentes -como quien esto escribe- cabe señalar también que el inacabable Juan Carlos Bazalar pisaba por primera vez el gramado del Garcilaso de la Vega.
Pero el protagonista excluyente de dicha jornada (además del aludido Cornejo) fue Jesús El Chuncho Torrealva, menudo delantero pisqueño con propensión a fallar lo fácil y anotar lo difícil. Un esteta del error. A los 30 segundos de iniciado el encuentro marcó el primer gol de la visita, que sobre la mitad del primer tiempo ya vencía 1-4 con goles del arequipeño Juvenal Briceño, Fidel Suárez y Leoncio Cervera. Sobre el final de los 45 iniciales, Marco Echegaray acercó a Cienciano y reiniciado el encuentro, Percy Aguilar (otro a quien también llamaban El Chuncho, ícono del Cienciano noventero), puso las cifras 3-4. Y entonces pasó lo que pasó.
Llegó un ataque local por la derecha, el balón cruzó el área y se topó con la pierna de Samuel Eugenio, recio zaguero crema que hiciera de la patada voladora un modus vivendi que incluso llegara a los tribunales, enjuiciado por el quebrado futbolista de Cristal, Enrique Boné. Impulsado por la diestra de Eugenio, el balón se desvió hacia el arco de Urquiza, el linesman Cornejo dijo “autogol” y Pagano, el réferi, le hizo caso. 4-4. Sin importarles los estragos de la altura, los jugadores de Universitario emprendieron carrera y rodearon al juez asistente, cusqueño para mayores señas, increpándole que la pelota no había traspasado la línea de gol. En la escaramuza, se levantó un banderín que terminó impulsado contra el rostro de Jesús Torrealva. Fue un golpe seco.
No pasó a mayores, por suerte. El Chuncho ya había pasado por situaciones límite, salvando incluso su vida gracias a los buenos oficios de Jorge Nicollini, entonces mandamás de la “U”, quien lo llevara a tienda crema en desmedro de fastidiosas trabas legales, como un contrato rubricado con Alianza Lima: “Yo le compré su pase al Octavio Espinosa, pese a que él ya había firmado por Alianza. Si hubiera jugado por ellos, hubiera muerto en el accidente del Fokker”. Así que Torrealva volvió a la cancha como si nada, con un ánimo tan grande como el parche que le pusieron sobre la herida.
¿Actuó el juez de línea Cornejo en defensa propia? Eso no se sabrá nunca. Pero queda para la reflexión la frase que el corresponsal de El Comercio utilizara para describir el acontecimiento: “El que un jugador agreda verbal o físicamente a un árbitro es cosa de todos los días. Lo raro y anecdótico es que los papeles se inviertan y sea un réferi el agresor”. Así que ningún réferi puede reclamar nada si afirmamos que Cornejo hizo lo que cualquier otro árbitro hubiera querido hacer. No actuó por sí mismo, sino en nombre de todos ellos. Y es cierto, el reconocimiento puede tardar, pero llega: hoy, Cornejo trabaja en la Conar como inspector arbitral de los partidos en Cusco.
No debe haberle sido fácil el camino. Cornejo tuvo que ser víctima del vilipendio colectivo, incluso dentro del mismo gremio arbitral. Por ejemplo, el árbitro de aquel partido, César Pagano, a la usanza Chappell y de un modo absolutamente infraterno, decidió reemplazar a Cornejo por el cuarto oficial José Saldívar. Incluso, por su propia sugerencia, el asistente fue trasladado a una comisaría para ser sometido a un dosaje etílico, pues se encontraba “en aparente estado de ebriedad”.
En público, la condena. En la intimidad, la loa. Con razón dicen que no había espíritu de cuerpo en el arbitraje. Hasta tomarse unas copitas era delito.

FICHA DEL PARTIDO:

Miércoles 17 de febrero de 1988
Estadio Garcilaso de la Vega (Cusco)
27ma fecha Descentralizado 1987
CIENCIANO (4): Uscamayta; Rivas, Campos, Chávez, Mujica; Paredes, Echegaray, Loayza (Ugaz), Peña; Aguilar y Jaramillo. DT: Hugo Ochoa Tássara
UNIVERSITARIO (4): Urquiza; Berdejo, Eugenio, Requena, Trece; Bazalar, Chirinos, Cervera, Suárez; Briceño, Torrealva. DT: Juan Carlos Oblitas
Árbitro: César Pagano
Asistencia: 10,000 espectadores
Goles: Torrealva 30’’PT, Briceño 22’PT, Suárez 27’PT, Cervera 32’PT (U); Echegaray 9’PT y 42’PT, Aguilar 12’ST, Eugenio (e/c) 16’ST (CC)

(Fotos tomadas del diario El Comercio)

lunes, 22 de octubre de 2007

Delirio en La Bombonera

Sucede en tiempos difíciles. O sea siempre. Un optimismo contagiante irrumpe por nuestros poros y algún universo paralelo estimula una nueva mentalidad: que a este país ya no lo para nadie, que los peruanos estamos más hermanados que nunca y que una papa a la huancaína debidamente internacionalizada hará por esta tierra lo que Dios no pudo. De vez en cuando el mensaje escoge como heraldo a algún adalid televisivo: y es que hay que ser positivos, mi hermano.
Entre los múltiples delirios transformados en convicción, existe uno de raíces futbolísticas que ha sido la delicia de orates semi informados: “siempre hacemos sufrir a los argentinos”. En esos casos, suspendiendo cualquier noción de tiempo/espacio, la historia se afinca en 1969, con pleno dominio de los tonos sepia, el matiz de la nostalgia. Según esta premisa, los goles de Cachito fueron el Big Bang, quedando el Apocalipsis materializado en el ancestral escupitajo de Roberto Challe. En suma, esta lógica postula que el mundo se inició y se acabó esa tarde en La Bombonera. Y el que diga lo contrario, no es más que un arrogante antipatriota.
Para no recibir tal acusación, y confesando haber ingerido cuatro vasos de whisky y tres aspirinas sin prescripción médica, el autor asumirá en las siguientes líneas la voz del optimismo y evocará otra de las tantas jornadas gloriosas del fútbol nacional lograda a despecho de nuestros hermanos rioplatenses.
Sucedió en marzo del 89, fecha en que la Copa Libertadores permitió reverberar nuestra consabida supremacía sobre los gauchos. El campeón peruano del 88, Sporting Cristal, había viajado a Buenos Aires para enfrentar a Boca y Racing, compartiendo un grupo que también integraba el subcampeón peruano Universitario. Tras los partidos jugados en Lima, el primer paraje celeste debía una Bombonera a oscuras. El ahorro energético permitió ver a fanáticos boquenses alumbrando la noche con encendedores y fósforos, postal romántica que se emparentaba con las torres de electricidad derribadas en Lima. Lo cual les daba una ligera ventaja a los jugadores de Cristal, que se sentían como en casa.
Lo único localista que quedó en La Bombonera terminó siendo el arbitraje: pero aún con dos penales errados por el rival y dos jugadores menos en cancha, Cristal hizo historia: le anotó tres goles a Boca Juniors en su propia cancha. El hecho que recibiera cuatro no es más que un detalle accesorio solo útil para quienes gustan de las estadísticas.
Aquella jornada permitió aproximarnos más a una de las materias que ya forma parte de la sabiduría colectiva nacional. A saber, los tecnicismos médicos que describen el comportamiento del argentino promedio cada vez que se topa con un peruano en el área chica. Traduciendo: temblor de piernas, sudoración extrema, severas taquicardias, ahogamiento parcial y descontrol de esfínteres. Aunque algunos imberbes como los muchachos de Bersuit Vergarabat intenten mofarse de aquel pavor crónico recurriendo a historias mínimas que jamás podrían desafiar nuestra natural preeminencia histórica. A modo de ejemplo, obsérvese el minuto 0:46 del siguiente video. Algún día se arrepentirán de tamaña fanfarronada.
Como ya se debe haber arrepentido Jorge Comas. Bautizado como Comitas, el goleador xeneize se atrevió aquella noche a clavarle tres goles a un equipo peruano. El primero a los 13 minutos, en una evidente posición adelantada que ni el juez Sergio Vázquez ni el línea Enrique Marín, a la sazón chilenos, se dignaron a observar. El segundo, apenas 30 segundos después del receso de mediotiempo, aprovechando un tiro libre cerca del área, las frías piernas de nuestros compatriotas y un silbato chileno que jamás sonó. El tercero, ya ni sé. Pero Comas lo pagaría caro: tras su retiro, familiares y amigos le darían la espalda. Tuvo ocho hijos que su mujer no le deja ver. Ha perdido pelo. Y desde hace una década transita sus días abrazado por igual al cristianismo y a la soledad, demostrando que el Todopoderoso toma revancha cuando atacan a sus hijos dilectos.
Cuánta desdicha pudo haberse evitado Comas de haber seguido el ejemplo de Mario Humberto Lobo. Sabedor del enorme potencial de nuestro balompié, Lobo decidió recalar un tiempo en Lima, siguiendo aquella máxima que dice que si no puedes vencer a tu enemigo, únetele. Aquella tarde Lobo anotó dos goles con la celeste y, hasta donde se sabe –pues por estos lares ya nadie lo recuerda-, goza de buena salud y plena felicidad.
El restante tanto xeneize llegó por obra de Alfredo Graciani, centrodelantero que, sin embargo, pagaría sus culpas diez años después. Sobreviviendo a la informalidad de Municipal, a Rafael Hernando y a nuestra humedad, decidió pasar una breve temporada –semana y media, para ser exactos- en el cuadro edil, con cuarenta años a cuestas y varices multiplicadas. Regresó a Buenos Aires sin jugar un solo minuto, pero dejando agradecido la huella de sus chimpunes en el maltratado césped del Parque Zonal Huayna Cápac.
En cuanto al arbitraje, mejor no ahondar. O mejor sí, porque intensifica el triunfo moral de esta historia. El chileno Vázquez cobró dos penales para Boca. El primero lo erró Comas. El segundo cayó en manos de Gustavo El Charro Gonzales. Por cada penal, hubo una expulsión. Primero el Mango Olaechea, después Segundo Cruz. Y aún así llegó un tercer gol, de Manassero, que puso a Cristal a un tris del empate. Un casi mayúsculo, debe decirse.
El técnico de Boca, José Pastoriza (q.e.p.d.), no salía de su incredulidad: “Fue un partido muy raro, extraño, misterioso. Discúlpenme que emplee estos términos, pero en mi opinión fue así”. Bah. Unos metros más allá, Alberto Gallardo (q.e.p.d.) derramaba viriles lágrimas conmovido por el esfuerzo desplegado por sus jugadores, por una hazaña que ni la derrota pudo opacar. Lo dijo bien Francesco Manassero: “Estuvimos a punto de ganarle a Boca”. Hincha el pecho, peruano.
Incluso, los periodistas argentinos se acercaron a colegas nuestros para preguntarles por cuál de los goles se habían sentido más perjudicados. En trascendental gesto ninguneante, respondieron al unísono: “Por todos”.
Hasta el embajador peruano en la Argentina, Alfonso Grados Bertorini (a) Toribio Gol, se animó a comentar el encuentro en su triple condición de periodista, deportista y diplomático: “No es la primera vez que veo ganar a un equipo con la ayuda del árbitro, con un arbitraje tan abiertamente perjudicial para el visitante”.
Pero quien mejor no pudo expresar la alegría por este triunfo moral –para quienes se olvidaron del quid del asunto, nos referimos al haberle hecho tres goles a Boca en su cancha- fue el enviado especial del diario El Comercio, quien deleitó a sus lectores con una frase que debiera epigrafiar cualquier reedición de la Historia de la República de Basadre de aquí en adelante: “El campeón peruano Sporting Cristal escribió otra hermosa página de vergüenza deportiva y espíritu de lucha”.
Es cierto, los cerveceros quedarían eliminados tres días después tras caer ante Racing en Avellaneda. Pero que de eso se ocupen los mezquinos, esos que dicen que nuestra supremacía sobre los argentinos no es más que pura fantasía. El Perú puede avanzar sin ellos.

FICHA DEL PARTIDO:

Martes 21 de marzo de 1989
Estadio La Bombonera (Buenos Aires)
Copa Libertadores 1989, Grupo 5
BOCA (4): Navarro Montoya; Stafuza, Tavares, Cuciuffo, Erbín; Villarreal, Carrizo, Tapia (Latorre); Graciani, Perazzo, Comas. DT: José Pastoriza
CRISTAL (3): Gonzales; Arrelucea, Arteaga, Cruz, Olivares (Guido); Olaechea, Mario Palacios, Redher, Manassero (Ochandarte); Lobo, Hurtado. DT: Alberto Gallardo
Árbitro: Sergio Vázquez (CHI)
Goles: Comas 13’PT, 30’’ST y 7’ST y Graciani 9’ST (BOC); Lobo 33’PT y 21’ST y Manassero 6’ST (SC)
TR: Olaechea, Cruz (SC)
Incidencias: Comas desvió un penal al travesaño a los 43’PT. Gonzales le atajó un penal a Perazzo a los 45’ST.

(Fotos tomadas del diario El Comercio)

martes, 4 de septiembre de 2007

Siestas y desmayo

La tragedia hermana a los pueblos y a la memoria. El dramático deceso del español Antonio Puerta que ha conmocionado al mundo entero también permite asociaciones más silvestres y de consecuencias menos fatales. Espacios etéreos donde la muerte se sublima con las siempre necesarias cucharadas de humor que permiten asumir con honestidad el viejo cliché de que el show debe continuar. Por eso, este blog ha decidido remontarse hacia 1995, a una tarde sabatina en Matute.
Por convenios de escritorio que aquí no vale la pena comentar, ese día Boys recibía a Alianza Lima en Matute. Los íntimos llegaban cansados de un partido ante Cristal por la Copa y cuidaban piernas pues tres días después iban a recibir al Wilstermann de Cochabamba. Su entrenador, el serbio Iván Brzic, ya había olvidado la operación a corazón abierto que le habían practicado semanas antes, padeciendo más bien agudos dolores de cabeza dados los seis extranjeros (Marquinho, Sozzani, Monzón, Lente, Enrique, Kopriva) que había contratado el club a sabiendas de que en cancha solo podían jugar cuatro.
Boys, por su parte, semejaba ser un equipo peligroso, quedándose en las apariencias: había recuperado a Puchungo Yáñez y Balán Gonzales, ídolos chalacos a los que se sumaban algunos trajinados ex aliancistas como Vitito Reyes o Pellejo Cordero. En la delantera merodeaba otro ex grone, Ricardo Cano (¿alguien sabe qué fue de él?). Finalmente, como técnico se encontraba el ex entrenador blanquiazul José Carlos Amaral, quien era cuestionado por sus marcadas preferencias hacia los jugadores más experimentados. Con ello, pocas oportunidades recibían los juveniles rosados, cariñosamente bautizados por la prensa como “pirañitas”, apodo que alcanzaría dimensiones mayores cuando una cervecería que auspiciaba al Boys le diera a este como pago una generosa cantidad de cajas de la blonda bebida; cajas que un día, misteriosamente, desaparecieran de las instalaciones del club en medio de jugadores que protestaban por sus sueldos atrasados.
Volviendo al partido, a Balán Gonzales lo anuló completamente el zaguero Marcelo Sozzani, argentino de escasa técnica pero gran temperamento, que hasta hoy es recordado en La Victoria gracias a su espectacular look, mezcla de bailantero rioplatense con guerrero medieval. De otro lado, Marquinho, la más importante contratación aliancista de aquella temporada, recién ingresó en la segunda mitad debido a los dos días de licencia que le habían dado para viajar a Brasil a traer a Lima a su señora esposa. Las crónicas de la época cuentan que el brasileño se encontraba de pésimo humor porque la directiva no había separado hotel alguno para su cónyuge, furia contenida que podría explicar la incómoda situación que retrata la postal anexa. Por lo demás, el partido fue bastante aburrido, por lo que sería un innecesario gasto de espacio ocuparnos de sus soporíferas incidencias. Centrémonos mejor en el protagonista excluyente de aquella jornada, Alfonso Puchungo Yáñez.
Nacido en El Callao y autoconfeso fanático por igual de La Charanga Habanera y de U2, Puchungo surgió en el fútbol como un flaco y talentoso volante de la “U” de fines de los ochenta. Tenía pinta de miraflorino y contaba con un currículum nada despreciable en cuanto a conquistas amorosas (Laly Goyzueta, Giovanna Vélez, Claudia Lengua, Jessica Tejada, etc.). A manera de compensación, una voz sutilmente aguardentosa le permitía reafirmar su sentido de pertenencia, argumento suficiente para que en el puerto lo consideraran hijo dilecto. Lastimosamente, su apego a la farándula le costó ciertos enemigos en la prensa deportiva, siempre sana y lúcida, autodefiniéndose él mismo alguna vez como un perseguido, ya que algunos periodistas, incluso, habían llegado al extremo de contratar a un niño de 7 años como fotógrafo e informante semiprofesional de sus festivas andanzas por el balneario de San Bartolo.
Agradézcasele a Puchungo haber dejado algo para contar de la tarde que mencionamos. Porque mientras Morfeo deambulaba por Matute, Yáñez se encargó de no sumir a la hinchada en la más profunda de las duermevelas. De un momento a otro, sin previo aviso, no pudo soportar más sus piernas, se le bajó la presión y se desplomó sobre el gramado de juego. Pasadas las cuatro de la tarde, en Matute se interrumpía la siesta.
El argentino Pedro Damián Monzón, subcampeón mundial en Italia 90 y eterno suplente de aquel Alianza, fue el único jugador que se dignó a moverse de su asiento para escoltar al desmayado Puchungo hasta el camarín. Mientras lo acompañaba, el Comando Sur, de forma impertinente, le empezó a gritar “camillero” a modo de sugerencia vocacional.
Durante 15 minutos el centrocampista rosado fue auxiliado por Alonso Cárdenas, el médico de su institución. Para abaratar costos, se había prescindido de contratar el servicio de ambulancias para el encuentro, teniendo que recurrirse a unos paramédicos de la Octava Unidad de Bomberos que providencialmente se encontraban en las inmediaciones del estadio.
Sobre el incidente de Puchungo, el diario El Bocón consignó en su edición del día siguiente que al vestuario había llegado “su señora madre preocupada por la salud de su engreído” (sic), acotando que “también estuvieron en todo momento a su lado los dirigentes Óscar Cavero y Lorenzo Herrera, como también su compadre espiritual Agujita Bassa” (sic, sic, sic). El diario subrayó finalmente que luego de denodados esfuerzos, Yáñez había logrado sentarse a dialogar con la prensa. Una vez dado el dictamen médico, que confirmaba que Puchungo volvía a gozar de buena salud, El Bocón decidió recurrir a su habitual chispa para graficar el incidente.
El partido terminó resolviéndose del lado blanquiazul con gol de Waldir Sáenz, con lo cual el estribillo inicial de la barra porteña (“Y ya lo ve, y ya lo ve, ese es Puchungo, la rosada y su ballet”), terminó mutando en otro algo más hostil (Amaral, cobarde, la c…). Y es que jamás logró existir química entre la tribuna del Boys y el entrenador brasileño; su frágil aspecto, sumado a sus buenas maneras y manifestaciones de cariño desbordante (ver foto), lo hacían víctima fácil del desprecio de la reciedumbre chalaca, cuya única concesión al respecto es asistir a los estadios vestidos de rosado.
Consumado el partido, y a modo de distracción, la barra del Boys se unió a la de Alianza y se pusieron de acuerdo para ir juntos al Estadio Nacional a pegarle a los hinchas de Cristal, que a esa misma hora había jugado contra Unión Huaral.
Caída la noche en La Victoria, abundaban las especulaciones. Algunos afirmaban que Puchungo no había ingerido alimento ni líquido alguno desde la noche anterior en la que el equipo rosado había permanecido concentrado en el Hotel Melodía (Av. La Marina # 2247). Otros contradecían aquella aseveración, señalando que el carácter franciscano de la misma no correspondía al patrón conductual del buen Puchungo. Aquellos escépticos se encargaron de comentar en voz baja que al jugador le habían caído mal unos anticuchos.

FICHA DEL PARTIDO:

Sábado 11 de Marzo de 1995
Estadio Alianza Lima
2da Fecha Descentralizado 1995
BOYS (0): Colina; Avilés (Zegarra), Carassa, Ávila, Martínez Troncoso; V.Reyes, Cordero, Valdiviezo, Yáñez (Dolorier); Gonzales, Cano. DT: José Carlos Amaral
ALIANZA (1): Pizarro; Basombrío, Sozzani, Ruiz, Hinostroza; Rodríguez, Jayo, Rosales (Marquinho), Muchotrigo (Kopriva); Sáenz, Lente. DT: Iván Brzic
Árbitro: Luis Díaz
Asistencia: 6,043 espectadores
Recaudación: S/. 43,877
Gol: Sáenz 26’ST (AL)

(Fotos tomadas del diario El Bocón)

lunes, 27 de agosto de 2007

Golpe de Locura

Como deslinde necesario, debo aclarar que Ramón Quiroga me cae simpatiquísimo. Sus corbatas con motivos Looney Tunes son un sopapo a la solemnidad que este blog pretende enfrentar. Sus chistes de suegras serían deleite de cualquier pasillo de avión, espacio vital en el que alguna vez gobernara la chispa de Felipe Carbonell. Resumiendo, Quiroga me parece un tipazo.

No podría decir lo mismo del ex réferi Carlos Montalván. No por alguna inquina personal, sino porque poco sé de él. Apenas lo recuerdo como esforzado crítico arbitral de DxTV, espacio televisivo del periodista Bruno Espósito que exhibiera tanto amor al deporte como a los ternos Baronet color mostaza de sus panelistas.

Una veraniega tarde de 1989 el destino uniría a Quiroga y Montalván en una confrontación pugilística resuelta unilateralmente. La “U” y Alianza se enfrentaban cinco meses después del infausto clásico por Copa Libertadores en que los íntimos se retiraron del partido tras quedarse con 6 jugadores en cancha, dos de ellos supuestamente lesionados. “¡Vuelve el clásico!”, titulaba la prensa.

Era la liguilla del incomprensible campeonato de 1988, posiblemente el más caótico de la historia del fútbol nacional y mundial. Este había comenzado con un Regional dividido en zonas, incluido un Metropolitano de equipos limeños escindido en dos grupos. Los mejores doce equipos del Regional clasificaban a un llamado “Descentralizado A”, cuyos cinco clubes mejor posicionados pasaban a una liguilla por el título. El sexto participante de aquella liguilla provenía del denominado “Descentralizado B”, que congregaba a los peores equipos del Regional, divididos nuevamente en zonas y que clasificaban a una preliguilla interregional cuyo campeón accedía al hexagonal que mencionamos. Los no clasificados a la preliguilla terminaban disputando el descenso en múltiples repechajes. Si su lectura ya llegó hasta acá, reciba usted mi aplauso y tómese una breve pausa para evitar mareos.

Toda esta información inútil solo sirve para aclarar que la “U” había llegado a la liguilla como tercero del “Descentralizado A” y Alianza como campeón del “Descentralizado B”. También participaban en el hexagonal Cristal, Alianza Atlético, Huaral y Octavio Espinosa. Era la segunda fecha de la liguilla y el clásico se jugaba como fondo del triplete que había incluido un Cristal-Espinosa y un Huaral-Sullana. Una delicatessen al paladar futbolero. Universitario, de la mano del Ciego Oblitas, llegaba como amplio favorito, con Chemo Del Solar como defensor promesa y una Trinchera Norte recién fundada. En Alianza, por su parte, aún seguía fresca la tragedia de Ventanilla. Tenía un equipo parchado, contando como técnico con su ídolo histórico Teófilo Cubillas, quien afirmaba que no valía la pena estudiar para ser entrenador, pues había seguido un curso en Miami que lo había aburrido mucho. El clásico le dio la razón, pues El Nene cometió la temeridad de ubicar al picapedrero Vitito Reyes como mediapunta, respondiéndole este con un soberbio cabezazo que batió a Chávez-Riva y abrió el marcador.


Eran las épocas de los simpáticos “carruseles”. La fecha anterior, por ejemplo, alguna intervención paranormal logró que 46,212 espectadores se congregaran en un Estadio Nacional apto para recibir 45,574 personas. Al clásico solo llegaron al Nacional 45,104 tribuneros, alcanzando, sin embargo, una recaudación mayor a la jornada previa, pese a que el precio era el mismo. La volatilidad económica del país o los veinte mil espectadores que quedaron fuera del coloso con entrada en mano son argumentos igual de valederos para explicar el fenómeno.

Dada la aglomeración de pagantes sin ingreso al estadio, la Policía Nacional no tuvo mejor idea que cerrar las puertas del coloso, saltándose olímpicamente el recuerdo de la tragedia del 64. La situación en tribuna era tensa y se expresaba en lo cargado del ambiente. Así lo describió el periodista de El Comercio encargado de cubrir el encuentro:

“La barra de Alianza Lima que se ubica en sector de occidente, sin duda está integrada en su mayoría por elementos desadaptados, pero no se explica que hayan compuesto canciones alusivas a su institución con las mayores groserías y que también recibiera al equipo de Universitario de la misma forma, sin el menor respeto para las damas que estaban entre ellos, algunas de cierta edad, y los niños”.

Todo un ginebrés. Sin embargo, la cosa no llegó a mayores y el partido transcurrió con normalidad hasta el minuto 45 del segundo tiempo. Balán Gonzales y Fidel Suárez habían volteado el partido para la “U”, pero en tiempo de descuento el árbitro Montalván decretó un tiro libre indirecto al borde del área crema por una pierna en alto de Pedro Requena. Wilmar Valencia tocó suavemente el balón para César Cueto y este convirtió uno de los goles más repetidos por la historiografía televisiva.



Ahí nomás terminó el partido y, mientras Cueto y cía. festejaban un empate hazañoso, el asistente técnico de Oblitas, Ramón Quiroga, se dirigió al juez Montalván, reclamándole los minutos de compensación, al tiempo que le aplicaba un puñete en el estómago y una patada en la canilla derecha. Descargada su furia, El Loco regresó a su camerino murmurando algo para sus adentros. Leo Rojas y el Dr. Alva se encargaron de auxiliar a un esmirriado Montalván, que había perdido tanta autoridad en la cancha como sangre de la nariz.


Mientras prensa y pueblo exigían la deportación inmediata de Quiroga, y algunos hasta lo acusaban de alentar la violencia en una fecha tan sensible para el país (en horas de la mañana, había fallecido el patricio Bustamante y Rivero), el dirigente crema Alfredo González manifestaba su solidaridad con Montalván, al que calificaba como su amigo personal, afirmando que sus errores no justificaban “una actitud tan criticable” como la del ex arquero, al que separarían inmediatamente de su institución. Ni imaginaba por entonces que una perversa fiscal complotaría muchos años después contra su noble misión de paz.

Tendido en la habitación 416 de la clínica Javier Prado, con contusión en la zona hepática y hematoma en la pierna derecha, Montalván hizo de su magullada anatomía una causa común del referato, acusando que ya existían antecedentes, como cuando Alfredo González lo ofendiera “de palabra” en un partido anterior ante Cristal. Después de dos radiografías, una ecografía, y los respectivos análisis de sangre y orina, pudo regresar a su casa el viernes 13, ominosa jornada.

Ominosa porque perdió un amigo. Enterado de lo dicho por Montalván, González lo tildó de aliancista, lo acusó de tener miedo de botar a Cueto y hasta de ser un peligro inminente para la salud física de los hinchas. “Tendremos que botar la pelota al lateral, porque este señor puede generar una tragedia en el estadio”, sentenció, acotando que contrademandarían a Montalván por daños y perjuicios. De paso, anunció que Quiroga ya se había presentado a la comisaría con su abogado, que lo habían dejado libre y que su institución no lo dejaría desamparado. Tras la declaración, el apellido Montalván fue inmediatamente borrado de su selecta agenda.

En fin, Montalván se lo buscó. Y así dicen que el loco es Quiroga.

FICHA DEL PARTIDO:

Miércoles 11 de Enero de 1989
Estadio Nacional
2da Fecha Liguilla Descentralizado 1988
UNIVERSITARIO (2): Chávez-Riva; L.Rojas, Requena, Del Solar, Trece (J.Torrealva); Carranza, Reyna, Martínez, Yáñez (Suárez); A.Gonzales, Araujo. DT: Juan Carlos Oblitas
ALIANZA (2): Mendoza; C.Gonzales (A.Soto), García, Reynoso, R.Rojas; Earl, W.Valencia, M.Charún (Alguedas), Cueto; Reyes, Rodríguez. DT: Teófilo Cubillas
Árbitro: Carlos Montalván
Asistencia: 45,104 espectadores
Recaudación: I/. 47’008,623
Goles: Reyes 34’PT y Cueto 47’ST (AL); A.Gonzales 27’ST y Suárez 36’ST (U)
TR: Martínez (U); Earl (AL)

(Fotos tomadas del diario El Comercio)

lunes, 13 de agosto de 2007

Servicios Básicos

2.0. La luz

Digamos primero que aquel era un día de miércoles, literal y metafóricamente. 11 de abril del 90, dictaba el calendario. Tras los inéditos resultados electorales del domingo, Vargas Llosa contemplaba la posibilidad de renunciar a la segunda vuelta y el presidente Alan García divulgaba públicamente su apoyo a Fujimori como consagración, a confesión de parte, del combate espiritual contra la derecha por el que había sido predestinado. En tanto, desde Nueva York, el fredemista Chirinos Soto (q.e.p.d. y q.d.d.g.) declaraba que el país no podía darse el lujo de elegir a un japonés como presidente. También en Nueva York, en el departamento de la calle 52 que la cobijó desde su prematuro retiro, una letal neumonía cronometraba los últimos días de Greta Garbo.
Se venía la Semana Santa y los medios se encargaban de recordar la fecha como “una reafirmación de la fe cristiana”. El tsunami nipón-evangelista concitaba la atención de la chismografía limeña. En tanto, la señora Higuchi compraba bacalao en el mercado. Y para no perder su cuota de protagonismo, Sendero Luminoso decidía concatenar una serie de atentados en la capital. Primero, coche bomba en el Casino de la Policía. Luego, explosivos varios en el Paseo Colón, el Óvalo Santa Anita y la Universidad Agraria. De sobremesa, a las 8:52 p.m., destrucción de dos torres en la línea de transmisión Callahuanca-Chavarría en Santa Eulalia.
¿Y esto qué diablos tiene que ver con el fútbol?, se preguntará usted. Pues casi nada, salvo para ratificar que, como dijera el escritor británico Douglas Adams, solo las malas noticias viajan a una velocidad mayor que la luz. Y de la luz es que vamos a hablar a continuación.
Dos meses después de aquella final de contratiempos hídricos, volvían a verse las caras Cristal y Unión Huaral, esta vez por la Copa Libertadores. Además del carácter revanchista que lo matizaba, el encuentro concitó levemente la atención del público dado que el campeonato local aún no se había iniciado. Es más, ni siquiera contaba con programación ni se sabía a ciencia cierta qué equipos lo integrarían. Pero esa es otra historia.
El campeón Huaral no contaba con altas ni con bajas, encarando el match con el mismo once con el que había ganado la final. Cristal, en cambio, sí tenía algunas novedades. En conmovedor ejemplo de lo que significa la solidaridad nacional, la dupla gaucha López-Cavallero decidió importar al equipo celeste a cuatro connacionales: Argüeso, Galván, Kopriva y Cincunegui. Cuéntese que el 75 por ciento de aquel cuarteto no llegó a julio.
El partido se desarrollaba entre la monotonía y la impericia tan habituales a nuestro balompié, dejando escasa sustancia para comentario alguno. Ante este déficit de incidencias, lo más interesante era que los reflectores hubieran oscilado hasta en tres ocasiones distintas durante el encuentro. Y también el que Juan Carlos Kopriva decidiera lesionar al huaralino Enrique León sin que el árbitro Montalván le sacara siquiera una amarilla. Años más tarde, la justicia divina y Nunes se encargarían de cobrárselo.
A los 18 minutos del segundo tiempo, cuando el Payasito Óscar Calvo se disponía a ingresar al campo por el inoperante Maximiliano Cincunegui, veinte reflectores del lado Sur-Oriente se apagaron en forma definitiva. Vehículos policiales y ambulancias alumbraron en la media hora que Montalván dio como espera para reanudar el encuentro. A las 9:48 p.m., con las torres de Santa Eulalia derribadas y Lima entera en penumbras, el juez dio su veredicto: váyanse a dormir. En las graderías, las rechiflas del público silenciaban el coro de los grillos y el estruendo de alguna bomba x puesta a mediana distancia. Montalván dirigió la mirada a las tribunas, pero decidió no hacerles caso. Total, ni se les veía.
A la mañana siguiente no se sabía aún qué pasaría con los minutos no jugados. Era Jueves Santo y todos querían saber de campamentos, misas o siestas, nadie de fútbol, por lo que prolongar demasiado las decisiones podía terminar costando el fin de semana largo. Así que se optó por lo más salomónico. Al borde del mediodía, las neuronas dirigenciales comenzaron a agitarse: que se juegue de una vez y que la gente entre gratis. “De una vez” significó “ya mismo”, o mejor dicho, “¿Qué esperan, carajo?”. Y a las 4 de la tarde, para que no jodieran los apagones.
Así, con solo 4 horas de lapso entre la decisión dirigencial y la reanudación del partido, las radios hacían lo buenamente posible para notificar al público de la buena nueva: puertas abiertas para todos. Sobre las cuatro de la tarde, 5’000 personas (la mitad de asistentes en la noche anterior) se congregaron en el primer coloso deportivo para ver los 27 minutos pendientes. Según los datos oficiales, el 98% de la gente entró a Oriente. El restante 2% (100 personas) se acomodó en las otras tres tribunas.
A la usanza peruana, aquella que nos hace comprar ataúdes cuando el muerto ya está enterrado, los dirigentes no tuvieron mejor idea que comprar de inmediato un generador eléctrico. Como el partido se jugó en la tarde y con luz natural (véase ahí la sapiencia peruana), el artefacto terminó siendo utilizado por la televisora encargada de la transmisión.
El residuo del partido fue aún más soporífero que lo jugado el día previo, con futbolistas embarcados en una confrontación de alta competencia con menos de 4 horas de anticipación, sellando ambos conjuntos un empate que al momento no perjudicaba a nadie. Salvo a los 5 mil desequilibrados que sacrificaron un feriado para observar media hora de desaciertos sistemáticos.
Pero todo esto es lo de menos. Muchos otros partidos tuvieron que suspenderse por apagones, convirtiéndose esto en una marca registrada de época. Lo que diferenció a este partido, y que lo hace medianamente digno de ser contado en estas líneas, es haber sido el primer encuentro de la historia de la Copa Libertadores de América en la que el ingreso del público fue gratuito. Aunque fuera solo por 1620 segundos.
Cristal fue eliminado rápidamente del torneo, superado ampliamente por los equipos chilenos (Colo Colo y Católica) y sentenciando el rápido desafuero de López, Cavallero y casi toda la argentinidad que llevaba enquistada. (Kopriva salvó el cogote). Huaral opuso algo más resistencia ante nuestros vecinos del sur, sacando incluso un 2-2 de visita ante el entonces equipo de Chemo Del Solar luego de haber viajado a Santiago por tierra.
El fugaz ciclo exitoso de Huaral acabó tras la eliminación en segunda ronda frente a Emelec de Ecuador y la salida de Vilic por un cáncer que un par de años después le quitaría la vida. Los naranjeros perdieron la categoría en 1991, regresando y volviendo a irse en repetidas ocasiones, ganándose el cómico apelativo de “equipo ascensor”. Actualmente devanea último por la Segunda División, con altas probabilidades de descender y volver a su liga de origen, para perderse por siempre en la memoria selectiva de unos cuantos.
Sería una pena. A ver si encuentra la luz.

FICHA DEL PARTIDO:

Miércoles 11 de Abril y jueves 12 de Abril de 1990
Estadio Nacional
1ra Fecha Grupo III Copa Libertadores 1990
CRISTAL (0): Gonzales; Argüeso, Arteaga, Olaechea, Olivares; Fernández, Kopriva, Manassero, Galván; Cincunegui (Calvo), Dall’Orso (Loyola). DT: Óscar López-Óscar Cavallero
HUARAL (0): E.Farfán; Puntriano, Cáceda (Elguera), Paredes, Ferrari; Muñoz, León (Ruiz), Cordero, H.Rey Muñoz; D.Farfán, Aguirre. DT: Simo Vilic
Árbitro: Carlos Montalván
Asistencia: 11,000 espectadores (aprox)
Recaudación: No se dio a conocer

(Imágenes tomadas del diario El Comercio (1 y 3) y del diario Expreso (2 y 4))

martes, 7 de agosto de 2007

Servicios Básicos

1.0. El agua.

Toma consejo en el vino, pero decide después con agua. Tal era la máxima de Benjamín Franklin que en el verano del 90 encontró entusiastas seguidores en unos aguerridos trabajadores impagos del IPD. Con turbio cañazo en lugar de vino, porque la inflación golpeaba y no daba para exquisiteces. Pero la decisión llegó con agua.
Era el 7 de febrero de 1990 y, excentricidades de la época, el campeonato de 1989 recién llegaba a su fin. Sporting Cristal y Unión Huaral, campeones del primer y segundo Regional respectivamente, debían enfrentarse por el título en el Estadio Nacional.
Bombas, colas, paros, más bombas. El país rebosaba en vértigo y adrenalina, pero aquella jornada el amanecer se encargó de traer la sorpresa: la trajinada cancha del Nacional había soportado el Diluvio. Los trabajadores del IPD, con dos semanas de huelga a cuestas, habían decidido inundarla. Pequeños islotes de barro se habían formado en las honduras naturales del gramado. Los grifos encubiertos que habían mellado los tobillos y empeines de más de un futbolista, estaban a plena vista, como expiando culpas por tantas carreras frustradas. En suma, el fango resultante del aniego era la metáfora perfecta de la fase final del primer alanismo. Para variar, ese día Lima despertó sin agua.
Se decidió no solo postergar el partido para el día siguiente, sino cambiar de escenario. La final se tendría que jugar en Matute. Añádase al calamitoso estado del césped del Nacional, la cantidad de agua empleada en la medida de protesta, dejando desprovistos de H2O a los servicios higiénicos. La pestilencia proveniente de los baños se hubiera tornado insufrible dada la evacuación compulsiva de esfínteres, inconfundible síntoma del nerviosismo futbolero.
En lo estrictamente deportivo, Huaral llegaba al partido desgastado, pues solo tres días antes había definido con la “U” el título del Segundo Regional. Cristal, que había ganado el primero en mayo, llegaba descansado tras haber sido eliminado por el Alianza Atlético en una fase previa a la liguilla final. No entraremos en detalle sobre el indescifrable sistema de campeonato que llevó a estos dos equipos a tal definición. Quien guste de los jeroglíficos, consulte el anexo.
Por el lado naranja, Humberto Rey Muñoz capitaneaba a su escuadra pese a que había sido expulsado en el partido anterior; alguna extraña vaguedad reglamentaria lo exoneró de castigo. En Cristal, en cambio, reaparecía Olaechea, suspendido cinco meses por haberse negado a jugar el último partido de la Selección frente a Uruguay por las Eliminatorias a Italia 90, partido al que, naturalmente, habíamos llegado ya eliminados. No es redundante señalar que la usanza patriotera condenó en ese momento al Mango a la categoría de apestado social. Le dijeron renegado, traidor, paria. Resumiendo, poco menos que terruco.
Unas 15 mil personas se acercaron a Matute a presenciar la final, arrojando la taquilla una recaudación bruta de 589’759,155 intis. Imposible saber dónde se hubieran guardado los billetes en caso el estadio se hubiera llenado. En tribuna, la barra de Huaral predecía su segundo título profesional con un estribillo creado bajo la influencia del pegajoso ritmo del momento, la lambada: “Vamos a ganar, a la Rubia vamos a ganar”. Todavía no se inventaba el calificativo de "pavos" para aludir al equipo de La Florida. Tiempos de inocencia.
El partido transcurrió entre los goles errados por el Artista Antón, Manassero y Dall’Orso y una extenuada y combativa defensa huaralina, resolviéndose recién sobre el segundo tiempo suplementario. Carlos Guido pifió un balón y El Venado Ernesto Aguirre se lo arrebató, driblando con un enganche a Percy Olivares y fusilando al pintoresco arquero Gustavo Gonzales, El Gatti Peruano. Fue el único ataque huaralino y fue gol. La prensa especializada ya comparaba a Aguirre con Cachito Ramírez y el Jet Muñante. Semejante pronóstico periodístico solo puede justificarse por las temperaturas propias de la estación.
Todo parecía consumado, por lo que cinco minutos antes del final la dupla argentina López-Cavallero decidió abandonar la zona técnica y ver el partido desde la boca del túnel, compartiendo la pena y materializando el vivificante adagio de la Dra.Corazón que personificaba por entonces la robusta comediante Esmeralda Checa: "Una pena entre dos, es menos atroz".
Al silbatazo final de Paquirri Ramírez, el celoso cordón policial que se había preparado ante un eventual ataque terrorista, se vio fácilmente superado por una horda de niños que quería abrazar a los nuevos héroes del norte chico. Estos, a su vez, cargaban en andas a su técnico Simo Vilic, pionero de la moda yugoslava que invadiría nuestro fútbol a inicios de los noventa (Varagic, Brzic, Popovic, Miranovic, etc.). Por qué esta ola yugoslava se inició en Huaral, es un misterio solo comparable al por qué alguna vez la empresa Huando empleó la estrategia promocional de encapsular billetes al interior de sus naranjas.
Y así, llegada de la noche, con el júbilo y el desconcierto distanciados por diez cuadras de la indigencia de un gramado sumergido, se escribió la historia del último equipo provinciano que ha logrado consagrarse campeón nacional. Una historia que tendría, solo dos meses después, una segunda parte. Y que esperará al siguiente post para ser contada.

FICHA DEL PARTIDO:

Jueves 8 de Febrero de 1990
Estadio Alianza Lima
Final Campeonato 1989
HUARAL (1): E.Farfán; Puntriano, Cáceda, Paredes, Ferrari; Muñoz (Elguera), León (Leyva), Cordero, H.Rey Muñoz; D.Farfán, Aguirre. DT: Simo Vilic
CRISTAL (0): Gonzales; Lobatón (P.Zegarra), Arteaga, Olaechea, Guido; Palacios, Fernández, Olivares, Manassero (Calvo); Antón, Dall’Orso. DT: Óscar López-Óscar Cavallero
Árbitro: José Ramírez Calle
Asistencia: 15,075 espectadores
Recaudación: I/. 589’759,155
Gol: Aguirre 113’
TR: Olivares (SC)

(Fotos tomadas del diario El Comercio)

martes, 24 de julio de 2007

Ni aguanta pulgas, ni le entran balas

Supongo que a Germán Muñoz no le gustaba que lo llamaran Pulgoso. Me imagino al Puma Carranza batiéndolo en las concentraciones o en las calistenias: “Oe, pulgoso, vente pacá”. O en las duchas post-partido: “Oe, pulgoso, báñate pe”. Naturalmente, estas son solo conjeturas que el autor se permite hacer guiándose de imperativos habituales a la lingüística carranciana. Como también es solo una presunción que aquel sábado pre-primaveral Germán Muñoz haya estado de malas y que, súbitamente, la ira contenida por años haya encontrado libertad en un balazo al aire.
Para ubicarse en la historia: era el 14 de Septiembre del 96 y la “U” recibía a Ciclista Lima en el viejo estadio Lolo Fernández. Los cremas eran líderes bajo dos criterios futbolísticos complementarios entre sí: 1) meter harto huevo y 2) lo que salga. El pincharratismo del finado Luján Manera y la doctrina carranciana venían conciliando a la perfección, habiéndole arrebatado la punta al por entonces presuntuoso Cristal, aunque fuera solo por algunas fechas. Más precisamente, hasta ese día.
Del otro lado, Ciclista Lima, el decano del fútbol peruano, sobrellevaba una campaña colmada de altibajos que lo ubicaban en el antepenúltimo lugar, en zona de descenso. No tenía mucho qué ofrecer, por más que había procurado reclutar en un solo proyecto futbolístico pedazos dispersos de la historia crema. Véase: Lo dirigía un ídolo de casa merengue, el Gato Cuéllar. Un cuasi jubilado Chuncho Torrealva piloteaba el frente de ataque. En la defensa, se imponía la corpulencia de José Antonio Trece, un ineficaz zaguero de quien Oblitas presagió alguna vez que sería el sucesor de Chumpitaz. Y finalmente, despojando del titularato a César Chávez-Riva (también ex crema), Juan Chiquito Flores, con 20 años y medio de edad y no más de 5 partidos en Primera, estaba cuadrado bajo los tres postes.
Para no hacerla larga, Ciclista ganó ese partido 1 a 0 con gol de tiro libre de Óscar Fernández y Chiquito Flores tuvo su primera tarde consagratoria en el fútbol nacional. El Bocón lo describió como “un anónimo golero juvenil que sueña con la gloria”. El Comercio no se quedó atrás. Le puso 8 de nota.
Al final de aquel partido, y augurando la larga senda de desatinos declarativos que matizaría su carrera deportiva, Flores sentenció que, con un poco de esfuerzo, Ciclista estaría en capacidad de llegar a la liguilla. Tres meses después, el equipo tallarinero celebraría su centenario de fundación bajando a Segunda, sin retorno y sin paradero actual que se le conozca.
Dado lo inverosímil del resultado, al final de la tarde pasó lo que tenía que pasar.
A las 6.15 p.m., el portón que da al célebre Callejón del Gato se abrió para dar salida a una camioneta. Un centenar de barristas de la Trinchera Norte aprovechó la impericia del conductor (cuyo nombre no fue documentado por ningún diario), para irrumpir violentamente en el estacionamiento y tomar luego las 2,6 hectáreas del viejo estadio de madera.
La horda enfurecida se acercó a Muñoz, Guadalupe, Carazas, Morán y el Loco González para conchumadrearlos uno a uno. Uno de los barristas se dirigió a un camarógrafo para hacerle una encomienda en aras de conservar su buena salud: “Oye conchetumadre, no filmes, que te corto”. Tomando en cuenta el epíteto empleado, asumimos que fue el mismo fanático el que se dirigió a Muñoz para preguntarle “y tú, conchetumadre, ¿por qué no metes huevo?”. Pregunta que naturalmente no encontró más respuesta que “porque no he jugado”. Respuesta que naturalmente no encontró más reacción que una serie de empujones y patadas a su persona. Reacción que naturalmente no encontró más consecuencia que Muñoz sacara un revólver y disparara al aire.
Mientras Czornomaz, Portilla y otros jugadores salían corriendo de la escena y se atrincheraban en el camarín y Alfredo González prometía tolerancia cero con el vandalismo, la multitud se dispersaba ante la inesperada detonación, dejando como saldo un policía herido por contusiones múltiples. Lo cierto es que Muñoz pudo controlar sus impulsos y no lanzó una andanada de disparos que solo hubieran desencadenado una tragedia mayor. Resáltese su equilibrio psicológico pese a la agresión de los hinchas, a su infame apelativo y a la suplencia eterna que debía tolerar.
Al día siguiente, mientras en la cancha del Lolo Fernández se realizaba el campeonato de fulbito organizado por la Trinchera y muchos de los que el día anterior habían aplicado generosas cuotas de puñetes y puntapiés gozaban de una tarde de plena camaradería, Muñoz decidió despejar la mente pasando el domingo en Pisco, en la casa de su enamorada. Desde allí relató que hacía tiempo que portaba el revólver, pues en su barrio de San Juan de Miraflores los hinchas de Alianza lo paraban correteando (sic). También reveló que se había ganado la animadversión de la barra crema porque se negaba a darles su propina, siguiendo el sabio consejo de su padre, que alguna vez le dijo “que nunca hay que mantener a los vagos”.
De otro lado, y tras una exhaustiva investigación, el diario El Bocón reportó que casi 300 futbolistas profesionales llevaban consigo armas de fuego por seguridad personal. Apuntó que las favoritas eran las Beretta y las Browning. Enterado de esto, el Cuto Guadalupe anunció que de inmediato se compraría una, dado que la tarde de aquel infausto evento una mujer lo había “hincado” con un verduguillo. Más diplomático, el Puma Carranza evitó emitir opinión alguna sobre los barristas, porque “por uno, no van a pagar todos”.
Con los ánimos ya más sosegados, el Loco González (Gabriel, no Alfredo) declaró “que en la ‘U’, si pierdes un partido, la vida no vale nada”. Y es que, como dice el involuntario apotegma del que Carranza fuera supremo creador, la “U” es la “U”.

FICHA DEL PARTIDO:
Sábado 14 de Septiembre de 1996
Estadio Lolo Fernández
22da Fecha Descentralizado 1996
UNIVERSITARIO (0): Ibáñez; F.Torrealva (Torrejón), Espinoza, Barco, Portilla; Carranza, Ferrari, Gabriel González, Maldonado; A.Ramírez (Carazas), Czornomaz. DT: Eduardo Luján Manera
CICLISTA (1): J.Flores; Fernández, Guarderas, Medina, Trece; J.Muñoz, R.Muñoz (Caballero), Fabinho, J.Torrealva; Reyes, Rodríguez. DT: Fernando Cuéllar
Árbitro: Jorge Torres
Asistencia: 3,381 espectadores
Recaudación: S/. 38,808
Gol: Fernández 33’ST (CL)
TR: Rodríguez (CL)

(Imágenes tomadas del diario El Bocón)

martes, 17 de julio de 2007

¿Y el otro 1?


Agapito Rodríguez. Diga este nombre frente a un hincha de Defensor Lima y su cuerpo aparecerá policontuso un amanecer cualquiera en la penumbra del túnel de La Herradura. Para sortear posibles represalias, salga desde estas líneas mi solidaridad con los hinchas carasucias, sumidos seguramente en la perplejidad tras conocer que el susodicho había sido designado preparador de arqueros de la Selección para la última Copa América. Un día antes de viajar a Venezuela, como para acentuar su irritación.
Por simple asociación mental, el nombre de Agapito Rodríguez remite a la tarde del 31 de julio de 1994. Eran tiempos en que aún se programaban tripletes en el Nacional. Aquella vez Municipal y San Agustín se enfrentaron en el preliminar, mientras Universitario y Boys protagonizaron el partido estelar. Como sánguche, de semifondo rivalizaron las antípodas de aquel torneo: el líder Sporting Cristal versus el colero Defensor Lima.
Es cierto que las fuerzas eran desiguales. Por un lado, el Cristal de Oblitas marcaba amplias diferencias en la tabla, alcanzando goleadas tan espectaculares que la prensa especializada bautizó al equipo como Juan Carlos y su Rumba Celeste. Según dicha lógica, el gambeteo infatigable del Chorri Palacios se emparentaba en alguna dimensión paralela con la cadencia de los movimientos pelvianos de Alejandra Pradón.
Diametralmente opuesta era la situación de Defensor. En trece fechas había ganado un solo partido. Sus jugadores estaban impagos, pero aún así, en admirable alarde de purismo futbolero, el coronel Félix Tumay, su presidente, se oponía a la sponsorización galopante que experimentaba el balompié nacional. Así, las granates camisetas del Defensor podían conservarse limpias del usufructo capitalista. Aunque no hubiera plata para el detergente.
Frente a este panorama desalentador, el técnico José Chiarella solía convocar a poderes extrasensiorales que pudieran alterar la causalidad deportiva. A saber, la presencia de un chamán en los vestuarios antes de los partidos. El intenso olor de la ruda se entremezclaba con el del Charcot, mientras la expectoración de bebidas espirituosas semejaba garúa invernal en el camarín. Se cuenta que el mismo Chiarella expulsaba algunos sorbos sobre los chimpunes y canilleras de sus jugadores.
Esa tarde de julio, sin embargo, la congregación de fuerzas paranormales era mayor. Solo tres días antes, el 28, Defensor había cumplido 63 años de fundación. La coincidencia de la efeméride con la celebración patria anexaba un respaldo espiritual para la gesta de enfrentar al puntero. Qué más para sentirse moralmente superiores.
Contagiado por la confluencia de tantas señales de gloria, Chiarella lanzó un enfático imperativo a sus jugadores: que ni se les ocurriera saludar a los de Cristal, que esa tarde debían tratarlos como sus enemigos. Fatal error.
Chiarella no contaba con que el encono terminara siendo recíproco. Porque esa tarde Cristal no vapuleó a Defensor Lima. Lo torturó, lo masacró, lo sodomizó. El no fomentar la amistad acabó minando los buenos oficios de los astros.
Y así Agapito Rodríguez pasó a la historia recogiendo once veces la pelota del fondo de su arco. Una y otra vez. El cabezazo de Earl, el zapatazo de Garay, la peinada de Julinho y ocho etcéteras más. Yo que él me sentaba a tomar un café para no perderme los goles.
Sin embargo, hasta el último minuto de ese partido se pudo evadir la fatalidad absoluta. Un 10-1 no hubiera dejado demasiado para la anécdota y la eventual remembranza entre vasos tintineantes. Cuántos ¡Salud! en nombre de Agapito se hubieran evitado si a Solano no se le ocurría sombrearle el balón en esa jugada final. No por la goleada ni por su encumbramiento como uno de los tantos antihéroes que circundan nuestro transcurrir futbolero. Eso es lo de menos.
Importó ese último gol por la simpática situación inmediata ocurrida fuera del campo. Dado que nuestro querido Estadio Nacional no contaba por entonces con un marcador electrónico que señalara el score, un humilde operador tenía que tomarse el trabajo de maniobrar un tablero de madera ante cada anotación. Aquel sujeto, hoy injustamente condenado al anonimato, debió enfrentar la situación más difícil de su vida cuando Ñol no tuvo mejor idea que ensartarle un tanto más a los carasucias. 11-1. Tres unos. Solo había dos. ¿De dónde iba a sacar este buen hombre el uno restante que el antediluviano tablero necesitaba para señalar el marcador con precisión? ¿Lo pintaría con plumón? Resolvió aumentarle el uno a Cristal y dejar un hueco en la casilla de Defensor, seguramente consternado por no poder decirse a sí mismo “labor cumplida”. Su abatimiento debe haberse multiplicado cuando una decena de hinchas de la barra Oriente de la “U” (recuérdese que se jugaba un triplete) se acercó hasta el alambrado colindante con la tribuna Sur para lanzar vilipendios variados a su persona y a su señora madre. Seguro ese día quiso mandar al mundo entero a la mismísima mierda.
Finalizado el partido, Oblitas también estaba enfadado. El partido, según él, no le había servido para nada. Saltándose olímpicamente la tradicional diplomacia deportiva peruana (“El rival nos exigió mucho”, entre otras sandeces), el Ciego descalificó a su competidor de turno con la misma inmisericordia exhibida por sus jugadores en el campo: “El rival fue muy mediocre y así no se puede competir”.
El campeonato siguió y, previsiblemente, Cristal fue campeón y Defensor Lima descendió a Segunda, ambos con varias fechas de anticipación.
Actualmente, los carasucias deambulan perdidos en la liga distrital en Breña, pero, siendo sinceros, ese día la catástrofe pudo ser peor. De no ser por el olfato goleador de Carlos Dolorier (vamos, no se rían), Defensor Lima hubiera igualado el deshonroso record que hasta la fecha sigue ostentando el Sport Pilsen de Guadalupe (once a cero frente a Alianza en el 84). Así que algo de suerte hubo.
Y después dicen que los chamanes son todos unos charlatanes.

FICHA DEL PARTIDO:
Domingo 31 de Julio de 1994
Estadio Nacional
13ra Fecha Descentralizado 1994
DEFENSOR (1): Agapito Rodríguez; Timorán, Rivas, Machaca, Vásquez; Zegarra (Hidalgo), Nieto, Alfaro, Kajatt; Caballero (Ojeda) y Dolorier. DT: José Chiarella
CRISTAL (11): Balerio; Castro, Earl, Prado; Garay, Jorge Soto, Solano, Magallanes, Palacios (Pinillos); Julinho (Letelier), Maestri. DT: Juan Carlos Oblitas
Árbitro: Luis Godinsky
Asistencia: 16,520 espectadores
Goles: Earl 3’PT, Garay 10’PT, Julinho 23’PT, Palacios 34’PT y 45’PT, Magallanes 6’ST, Maestri 9’ST, Solano 28’ST, 33’ST (p) y 45’ST, Jorge Soto 38’ST (SC); Dolorier 31’PT (DL)
TR: Ojeda (DL)

(Imágenes tomadas del diario Expreso (1 y 3) y del diario El Bocón (2))

lunes, 2 de julio de 2007

El Negro de Blanco



Extraño esos tiempos. Tiempos en que Rulito Pinasco no estaba embarcado en ese sinsentido televisivo donde actores adultos se comportan como pre-púberes (personalmente, me indigesta aquel de la voz aflautada, cuyo nombre prefiero ni saber). Tiempos en que compartía una cabina de estadio con Eduardo San Román (q.e.p.d.), La Catedral del Deporte, ese veterano comentarista cuya voz grave acompasó la educación sentimental de los futuros hinchas. Tiempos en que los narradores de fútbol no empleaban argentinismos propios del imperio Fox. Tiempos en que los comentaristas no apostaban chifas ni contaban chistes de suegras frente a cámaras. En fin, este es un comentario aparte, que roza solo superficialmente la historia que aquí se contará. Perdónese la nostalgia.
Ese año 96, la Liga Española había acabado más temprano de lo habitual. Real Madrid había ocupado un indecoroso sexto lugar y realizaba una extraña gira de post-temporada por Sudamérica. Así, entrado junio, un día pisó Lima.
Cayó miércoles. Global Televisión prometía una jugosa oferta futbolística: Por la tarde, en vivo y en directo, la transmisión del sensacional encuentro entre Cristal y Aurich/Cañaña por el Descentralizado. Por la noche, de postre, el no menos interesante partido entre Alianza Lima y Real Madrid. Una programación irresistible.
Mientras Rulito se acomodaba en la cabina de transmisión, la plantilla de Real Madrid cruzaba ceremonialmente la pista de tartán rumbo a los camerines. Algunos curiosos seguían sus pasos, recogiendo restos de arenilla pisada y guardándolas en una bolsita para atesorarlas por siempre junto al primer mechón de sus hijos. Ya en plena calistenia, los jugadores madrileños no dejaban de sonreír tras haberse enterado de que el arquero local se llamaba Francisco Pizarro. La carcajada recién estalló cuando alguien les dijo que el arquero de la “U” se apellidaba Yupanqui.
Unos metros más allá, César Cueto se preparaba para la última noche en la que saldría a una cancha con camiseta blanquiazul. Con 44 años de vida y 5 de retiro profesional, trotaba al lado de Waldir, Kanko Rodríguez y otras jóvenes eternas promesas a las que les doblaba la edad y las energías. Auscultaba los movimientos el brasileño Gil, simpático entrenador brasileño que escondía cerveza en las concentraciones, y que se había despojado de su habitual buzo azul desteñido para envolverse en un fachoso terno gris, muy propio para recibir a la realeza.
Salieron los equipos a la cancha y mientras Waldir se tomaba orgullosísimo una foto con Redondo, la tribuna entrenaba el que se sería el grito uniforme de la noche: “Olé-Olé-Olé-Cueto-Cueto”. Recontra originales.
La presencia de Cueto suscitó un vaivén de eventos irrepetibles, rodeados de un indiscutible cariz paranormal. Como, por ejemplo, que el reincidentemente ineficaz defensor Frank Ruiz le hiciera dos “sombreritos” consecutivos al delantero argentino-español Esnáider. Al minuto siguiente, sin embargo, el mismo Ruiz no pudo despejar un mano a mano con Zamorano que casi cuesta un gol, quedando claro que Cueto solo era poeta, jamás todopoderoso.
Y así, mientras Rulito le decía Balán a Waldir y Waldir a Balán, en disculpable confusión de mediocridades, llegó el momento cumbre de la noche. No, no fue el gol de Esnáider ni la salida entre aplausos de Cueto. Fue un momento más silvestre y, por lo tanto, más digno de ser contado en este blog.
Como antecedente más próximo, señálese en principio que el colombiano Freddy Rincón había llegado al Madrid a mediados del 95 como el “sucesor de Michael Laudrup”. Cosa que naturalmente jamás ocurrió. Más bien, el hostigamiento permanente del grupo más extremista de la fanaticada madrileña (“Skins Odal” se hacía llamar) se encargó de hacerle la vida imposible al mediocampista, con pancartas del tipo “Vuelve a la Selva”, “Te busca el Ku Klux”, entre otros condenables mensajes que solían asentarse como paisaje natural en el Bernabéu.
No sabemos si fue un descuido o si algún espíritu falangista tomó por asalto el cuerpo y la voz de Rulito. La cosa es que pasó. Transitaba Freddy Rincón el mediocampo de juego y Rulito, con la misma picardía que imprimiera al saleroso “Así, así, cómo mueve la colita” del Triki Trak, describió el gambeteo del colombiano con un políticamente incorrecto “Ahí pueden apreciar a esa cosa negra vestida de blanco”. En comparación al inofensivo análisis que hiciera Germán Leguía sobre las malas salidas del arquero camerunés Bell en el Mundial del 94 (“Este arquero no se eleva ni con un troncho”), y que le costara al ex mediocampista crema un prolongado veto en las transmisiones deportivas, la frase de Rulito hubiera provocado que Aprodeh, la Defensoría y la Hacienda San José se levantaran en vilo para exigir su cese inmediato como locutor, resignándose este a retomar la conducción del Michi Show. Para su buena suerte, solo unos minutos después Cueto salió de la cancha entre aplausos y el común de televidentes olvidó el percance.
Menor fortuna tuvo Rincón, quien pasó luego por varios equipos brasileños con regular éxito. Ha sido acusado de ser testaferro y de lavar dinero del narcotráfico, razón por la cual se encuentra actualmente detenido en una cárcel de Sao Paulo.
Volviendo al partido, este acabó dentro de una esperable normalidad. Al salir Cueto de la cancha, los hinchas se desentendieron rápidamente del encuentro y, una vez que Córdova pitó el final, los jugadores de Alianza se abalanzaron sobre los del Madrid para el tradicional intercambio de camisetas.
De paso, Francisco Pizarro aprovechó para vengarse de la inicial mofa madrilista declarando que el partido con Real Madrid les había servido para llegar en buena forma al encuentro del domingo frente al Torino de Talara. Gran empleo del recurso del ninguneo.
Es cierto, en los diarios españoles este partido tuvo la misma repercusión que los medios peruanos le dan a Alianza o la “U” cuando van a jugar un amistoso con la selección de Tarapoto o el Once Amigos de Ferreñafe. (Ver cobertura del partido del diario El Mundo, abajito del anexo). Pero aquí al menos dejó bonitos recuerdos.

FICHA DEL PARTIDO
Miércoles 12 de Junio de 1996
Estadio Nacional
Partido Amistoso
ALIANZA (0); Pizarro; Reyna, Machaca, Ruiz, Salazar; Zé Carlos, Jayo, Valencia, Cueto (Tempone); Sáenz (Bujica), Ramírez (Gonzales). DT: Gilberto Alves
REAL MADRID (1): Buyo; Chendo (Baqueriza), Sanchís, Sanz, Lasa; Quique (Gómez), Redondo (Sánchez), Milla, Rincón (Soler); Zamorano (Guti), Esnáider. DT: Mariano García Remón
Árbitro: César Córdova
Asistencia: 36,901 espectadores
Recaudación: S/. 548,161
Gol: Esnáider 5’ST (RMA)

(Fotos tomadas de El Universal de México y del diario El Comercio)

viernes, 15 de junio de 2007

Retírese por favor

La autoridad de Fernando Chappell no necesitaba de cámaras para imprimirle un sello personal a cada una de sus tarjetas amarillas. Carecía de la arrogancia de Tarjetita Arana, del histrionismo de Pellejo Torres y de la mala suerte de Dr. Tejada. Su rigidez facial y una prematura cabellera cana le daban suficientes argumentos para ejercer la jurisdicción futbolística sin mayores contratiempos, pericia que ni su figura ligeramente entrada en carnes podía amainar.
Así, rígido y canoso, Chappell extendió la tradicional impopularidad de su profesión a su gremio laboral gracias a la repetida y temblorosa agitación de su dedo índice, inquisitorio cada vez que se sentía obligado a revelar los oscuros manejos existentes en el arbitraje nacional. En agosto de 1990, por ejemplo, el diario Expreso consignaba severas declaraciones de Chappell sobre la corrupción que imperaba en el referato. Recuérdese que por esas fechas 44 equipos integraban la Primera División (cómo olvidar a Los Diablos Rojos de Juliaca o al Chacarita Versalles de Iquitos, entre otras escuadras ingratamente olvidadas por el hincha de a pie), que los partidos no eran televisados y que, sobre todo en las localidades más alejadas, algunos equipos se ponían conjuntamente de acuerdo con los jueces para decretar empates a cero en enfrentamientos jamás realizados, perdiendo un punto en la tabla de clasificaciones, pero evitando la fatiga de abrir un estadio. Sin embargo, Beingolea dixit, esa es otra historia. Algún otro post de Cómicas de Balón se encargará de contárselas.
La historia que aquí nos ocupa sucedió dos años después, en noviembre del 92. Cristal, que peleaba el título con la “U”, visitaba al León de Huánuco, que a su vez pugnaba por los puntos necesarios para ingresar a la liguilla final. A los 6 minutos los celestes ya ganaban 2-0 con goles de Earl y el paraguayo Cano, tras sendas fallas que le costaron al arquero huanuqueño Ramírez el ser reemplazado por Panchi Pizarro. La afición local se agitó ante tremenda afrenta, poniendo en aprietos el sentido de pertenencia del juez asistente huanuqueño Juan Freddy Cruz Castañeda, abogado, contador público, buen padre y mejor amigo. “Oe, huevón, tú eres Huánuco” era el rugir de las tribunas para con su coterráneo. Así, en los siguientes minutos, cada vez que Chappell sancionaba a algún jugador huanuqueño por aplicar una patada voladora en la caja toráxica de su oponente, Cruz Castañeda objetaba su mandato arguyendo un choque casual que en modo alguno desvirtuaba la fraternidad deportiva. En suma, donde Chappell veía guerra, Cruz Castañeda veía paz. Un iluminado, qué duda cabe.
La terna se retiró en el medio tiempo, con el dilema existencial de Cruz Castañeda anidando en su espíritu.
En los camarines, sin embargo, Chappell fue enérgico: “Me estás volteando a la gente”, le espetó a Cruz Castañeda, quien, para colmo, había llegado al estadio solo treinta minutos antes del partido, cuando el reglamento obligaba a los jueces a presentarse con dos horas de anticipación. Chappell optó por una medida tan radical como insólita: expulsó del partido al juez de línea, siendo su puesto cubierto por el cuarto oficial Ulises Vásquez, también huanuqueño, aunque con menos compadres en tribuna, además de un endeble sentimiento comunitario confundido con “imparcialidad”.
Cristal terminó ganando el partido por 4-2, Dall’Orso falló un penal que hubiera acercado el empate y el expectorado Cruz Castañeda terminó observando las incidencias del segundo tiempo sentado sobre un cooler contiguo a la banca del León.
Curiosamente, tiempo después Chappell sufrió un deja vú en Sullana, cuando expulsó al juez de línea piurano Víctor Suyón en un partido que disputaban Torino y Melgar por el campeonato del 95. Aquella vez lo hizo con tan solo 14 minutos jugados, superando su record personal.
Chappell terminó su carrera arbitral con una dilatada serie de eventos que configuraron lo que podría llamarse “una mala racha”: Quedó postrado por varios meses en una cama, convaleciente de una intervención quirúrgica destinada a sanar una lesión sufrida en un Pesquero-Alianza del año 96. Le quitaron la insignia FIFA. Su departamento se incendió. Lo estafaron en la compra de una casa. Etc.
De más está señalar que su teléfono no registró llamadas solidarias de sus colegas.
Luego trabajó como crítico arbitral en un programa de radio y de vez en cuando algún medio lo entrevista para que siga denunciando la corrupción en el referato, quijotesca misión que ocasionalmente lo rescata de la desmemoria futbolística.

FICHA DEL PARTIDO:
Domingo 1 de Noviembre de 1992
Estadio Heraclio Tapia (Huánuco)
28va Fecha Descentralizado 1992
LEÓN (2): Ramírez (Pizarro); Miranda, Gastiaburú, Chicoma, Arismendi; Zé Carlos, Serrano, Barrueta (Anchisi), Lara; Dall’Orso, Buffarini. DT: Roberto Challe
CRISTAL (4): Quesada; Rojas, Earl, Arteaga, Pinillos; Garay, Palacios, Suárez, Torres; Cano, Navarro (Baldessari). DT: Juan Carlos Oblitas
Árbitro: Fernando Chappell
Asistencia: 8,000 espectadores (aprox)
Goles: Earl 40’’PT, Cano 6’PT, Suárez 13’ST y 25’ST (SC); Buffarini 33’ST, Arismendi 38’ST (LH)
Detalle: Dall’Orso falló un penal a los 40’ST.

(Imágenes tomadas de la revista Once y el diario El Comercio)

lunes, 11 de junio de 2007

Gol de Bandera


Jugaban Municipal y Mannucci en el estadio de Chorrillos, mejor conocido como La Cancha de los Muertos, gracias al buen gusto de la comuna chorrillana de edificar un coloso deportivo sobre un camposanto.
Era la temporada 94 y Muni había armado un equipo nada despreciable: le había arrebatado a la “U” a Ronald Baroni, al cual se le sumaron luego Puchungo Yáñez, Cabezón Carmona y César Charún, entre otros. La campaña, de la mano de Challe, venía siendo redonda: de 8 partidos, habían ganado 7 y perdido 1, compartiendo el liderato con Cristal, a la postre campeón de aquel torneo y de los dos siguientes. Mannucci, dirigido por Julio César Uribe, empezaba a saborear el curso de derrotas que le terminarían facturando la baja.
El partido estaba empatado a cero y transcurría dentro de los cauces normales. Mientras en la cancha los jugadores atormentaban a los cadáveres del subsuelo con barridas y puntapiés, en tribuna el Cholo Sotil, que trabajaba por entonces en las divisiones menores del Mannucci, no se cansaba de alentar al equipo de la Franja, en una cabal demostración de que el profesionalismo jamás puede desbordar los linderos de la sensibilidad humana.
También era normal que seis hinchas ediles estuvieran apostados sobre el altísimo muro del lado sur, el cual delataba la ausencia de tribuna en aquel sector. Lo anormal era la inmensa bandera que se habían dado el trabajo de transportar hasta las alturas de su palco artificial, tan preferencial como riesgoso.
Debajo de aquel muro se encontraba sobre los 28 minutos del segundo tiempo Óscar Ibáñez defendiendo el arco trujillano. La Chancha Besada, robusto delantero de Municipal cuyo apelativo está de más comentar, se proyectaba por izquierda decidido a sacar un centro al área. Por algún extraño patrón osmótico, el andar desacertado de Besada se proyectó en la psiquis de uno de los hinchas, que, efectuando alguna maniobra imprudente, dejó caer la bandera desde las alturas, empezando esta a flamear libérrima dentro del pórtico. Se suscitó entonces una coincidencia más: Besada contravino el transcurso habitual de su carrera deportiva y dio un buen servicio al área, llegando preciso Alfredo Carmona para reventar el arco. El balón traspasó apenas la línea, rebotó en la bandera y regresó al campo de juego. Once manos trujillanas se levantaron para reclamar una situación no contemplada por reglamento de fútbol alguno. Posiblemente el árbitro Alberto Tejada preguntó para sus adentros por qué siempre le tocaba a él tomar las decisiones más jodidas y, acto seguido, convalidó el gol.
Al tiempo que la bandera ascendía y regresaba discretamente a su lugar habitual, los jugadores de Municipal defendían con uñas y dientes el triunfo, la punta y el azar.
Culminado el partido con el 1-0, los dirigentes trujillanos levantaron la voz exigiendo la inmediata anulación del partido por la intervención no solicitada de la bandera.
Uribe, más conocedor de las ironías del destino, se limitó a reconocer la derrota de su equipo, aplaudiendo el trabajo de Tejada y de los 22 jugadores en la cancha, no pudiendo contenerse, sin embargo, a dejar una frase para la posteridad: “Este ha sido el partido más higiénico del campeonato”.
No obstante, la justicia puede tardar, pero cuando llega es inclemente. La semana siguiente Municipal perdió la punta tras caer 3-1 en Sullana y, hasta la fecha, jamás ha vuelto a ubicarse como líder de algún campeonato de Primera División.
Si alguna maldición suscitó o no aquella bandera, es tarea que corresponde a investigadores más acuciosos. No es política de este blog cuestionar los mandatos divinos.

FICHA DEL PARTIDO:

Sábado 28 de Mayo de 1994
Estadio Municipal de Chorrillos
9na Fecha del Descentralizado 1994
MUNICIPAL (1): Purizaga; Charún, Cáceda, Pedraglio, Vidales; Jiménez, Lobatón (Rodríguez), Carmona, Yáñez; Aservi (Eugenio La Rosa), Besada. DT: Roberto Challe
MANNUCCI (0): Ibáñez; Fajardo, Mendoza, Flores, Medina; Zapata, Takayama, Redher (Cavero), Chávez (Loyola); Franco Navarro, Arias. DT: Julio César Uribe
Árbitro: Alberto Tejada
Asistencia: 4,563 espectadores
Recaudación: S/. 25,390
Gol: Alfredo Carmona 28’ST (DM)
(Imágenes tomadas de El Bocón)

Declaración de Principios

No nos engañemos. La historia del fútbol peruano, como toda esfera que condense algún tipo de sentimiento nacional, está escrita en diminutivos. Desde sus jugadores (Machito, Chiquito, Cholito) hasta sus periodistas (Gallo Gallito, Vega Veguita), pasando por el señor que informa las asistencias en el Estadio Nacional (Don Juanito Maldonado) y el inválido que aparece ubicuo reclamando una colaboración a hinchas y dirigentes después de cada partido, en plena digestión de la derrota (Quieroguita).
No nos engañemos. La historia del fútbol peruano no se resume en epopeyas aisladas contadas por nuestros abuelos. Ni en Berlín ni en La Bombonera, ni en Lolo ni en Cachito. Ni siquiera en la perorata de autoayuda de Freddy Ternero, monserga más cercana a Belmont que a Deepak Chopra gracias a su escalofriante materialización en un sillón municipal. Todas aquellas jornadas de triunfo, absolutamente inconexas entre sí, son apenas hipos frente a nuestro innato apego a la frustración.
Por eso, la historiografía deportiva realizada en este blog gravitará en torno a aquellos acontecimientos infelizmente olvidados que han provisto al fútbol peruano del néctar de su ser. En suma, su propia decadencia configurada por anécdotas banales e intrascendentes.
El autor no se responsabiliza por las risas o lágrimas que estas pudieran ocasionar.