lunes, 13 de agosto de 2007

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2.0. La luz

Digamos primero que aquel era un día de miércoles, literal y metafóricamente. 11 de abril del 90, dictaba el calendario. Tras los inéditos resultados electorales del domingo, Vargas Llosa contemplaba la posibilidad de renunciar a la segunda vuelta y el presidente Alan García divulgaba públicamente su apoyo a Fujimori como consagración, a confesión de parte, del combate espiritual contra la derecha por el que había sido predestinado. En tanto, desde Nueva York, el fredemista Chirinos Soto (q.e.p.d. y q.d.d.g.) declaraba que el país no podía darse el lujo de elegir a un japonés como presidente. También en Nueva York, en el departamento de la calle 52 que la cobijó desde su prematuro retiro, una letal neumonía cronometraba los últimos días de Greta Garbo.
Se venía la Semana Santa y los medios se encargaban de recordar la fecha como “una reafirmación de la fe cristiana”. El tsunami nipón-evangelista concitaba la atención de la chismografía limeña. En tanto, la señora Higuchi compraba bacalao en el mercado. Y para no perder su cuota de protagonismo, Sendero Luminoso decidía concatenar una serie de atentados en la capital. Primero, coche bomba en el Casino de la Policía. Luego, explosivos varios en el Paseo Colón, el Óvalo Santa Anita y la Universidad Agraria. De sobremesa, a las 8:52 p.m., destrucción de dos torres en la línea de transmisión Callahuanca-Chavarría en Santa Eulalia.
¿Y esto qué diablos tiene que ver con el fútbol?, se preguntará usted. Pues casi nada, salvo para ratificar que, como dijera el escritor británico Douglas Adams, solo las malas noticias viajan a una velocidad mayor que la luz. Y de la luz es que vamos a hablar a continuación.
Dos meses después de aquella final de contratiempos hídricos, volvían a verse las caras Cristal y Unión Huaral, esta vez por la Copa Libertadores. Además del carácter revanchista que lo matizaba, el encuentro concitó levemente la atención del público dado que el campeonato local aún no se había iniciado. Es más, ni siquiera contaba con programación ni se sabía a ciencia cierta qué equipos lo integrarían. Pero esa es otra historia.
El campeón Huaral no contaba con altas ni con bajas, encarando el match con el mismo once con el que había ganado la final. Cristal, en cambio, sí tenía algunas novedades. En conmovedor ejemplo de lo que significa la solidaridad nacional, la dupla gaucha López-Cavallero decidió importar al equipo celeste a cuatro connacionales: Argüeso, Galván, Kopriva y Cincunegui. Cuéntese que el 75 por ciento de aquel cuarteto no llegó a julio.
El partido se desarrollaba entre la monotonía y la impericia tan habituales a nuestro balompié, dejando escasa sustancia para comentario alguno. Ante este déficit de incidencias, lo más interesante era que los reflectores hubieran oscilado hasta en tres ocasiones distintas durante el encuentro. Y también el que Juan Carlos Kopriva decidiera lesionar al huaralino Enrique León sin que el árbitro Montalván le sacara siquiera una amarilla. Años más tarde, la justicia divina y Nunes se encargarían de cobrárselo.
A los 18 minutos del segundo tiempo, cuando el Payasito Óscar Calvo se disponía a ingresar al campo por el inoperante Maximiliano Cincunegui, veinte reflectores del lado Sur-Oriente se apagaron en forma definitiva. Vehículos policiales y ambulancias alumbraron en la media hora que Montalván dio como espera para reanudar el encuentro. A las 9:48 p.m., con las torres de Santa Eulalia derribadas y Lima entera en penumbras, el juez dio su veredicto: váyanse a dormir. En las graderías, las rechiflas del público silenciaban el coro de los grillos y el estruendo de alguna bomba x puesta a mediana distancia. Montalván dirigió la mirada a las tribunas, pero decidió no hacerles caso. Total, ni se les veía.
A la mañana siguiente no se sabía aún qué pasaría con los minutos no jugados. Era Jueves Santo y todos querían saber de campamentos, misas o siestas, nadie de fútbol, por lo que prolongar demasiado las decisiones podía terminar costando el fin de semana largo. Así que se optó por lo más salomónico. Al borde del mediodía, las neuronas dirigenciales comenzaron a agitarse: que se juegue de una vez y que la gente entre gratis. “De una vez” significó “ya mismo”, o mejor dicho, “¿Qué esperan, carajo?”. Y a las 4 de la tarde, para que no jodieran los apagones.
Así, con solo 4 horas de lapso entre la decisión dirigencial y la reanudación del partido, las radios hacían lo buenamente posible para notificar al público de la buena nueva: puertas abiertas para todos. Sobre las cuatro de la tarde, 5’000 personas (la mitad de asistentes en la noche anterior) se congregaron en el primer coloso deportivo para ver los 27 minutos pendientes. Según los datos oficiales, el 98% de la gente entró a Oriente. El restante 2% (100 personas) se acomodó en las otras tres tribunas.
A la usanza peruana, aquella que nos hace comprar ataúdes cuando el muerto ya está enterrado, los dirigentes no tuvieron mejor idea que comprar de inmediato un generador eléctrico. Como el partido se jugó en la tarde y con luz natural (véase ahí la sapiencia peruana), el artefacto terminó siendo utilizado por la televisora encargada de la transmisión.
El residuo del partido fue aún más soporífero que lo jugado el día previo, con futbolistas embarcados en una confrontación de alta competencia con menos de 4 horas de anticipación, sellando ambos conjuntos un empate que al momento no perjudicaba a nadie. Salvo a los 5 mil desequilibrados que sacrificaron un feriado para observar media hora de desaciertos sistemáticos.
Pero todo esto es lo de menos. Muchos otros partidos tuvieron que suspenderse por apagones, convirtiéndose esto en una marca registrada de época. Lo que diferenció a este partido, y que lo hace medianamente digno de ser contado en estas líneas, es haber sido el primer encuentro de la historia de la Copa Libertadores de América en la que el ingreso del público fue gratuito. Aunque fuera solo por 1620 segundos.
Cristal fue eliminado rápidamente del torneo, superado ampliamente por los equipos chilenos (Colo Colo y Católica) y sentenciando el rápido desafuero de López, Cavallero y casi toda la argentinidad que llevaba enquistada. (Kopriva salvó el cogote). Huaral opuso algo más resistencia ante nuestros vecinos del sur, sacando incluso un 2-2 de visita ante el entonces equipo de Chemo Del Solar luego de haber viajado a Santiago por tierra.
El fugaz ciclo exitoso de Huaral acabó tras la eliminación en segunda ronda frente a Emelec de Ecuador y la salida de Vilic por un cáncer que un par de años después le quitaría la vida. Los naranjeros perdieron la categoría en 1991, regresando y volviendo a irse en repetidas ocasiones, ganándose el cómico apelativo de “equipo ascensor”. Actualmente devanea último por la Segunda División, con altas probabilidades de descender y volver a su liga de origen, para perderse por siempre en la memoria selectiva de unos cuantos.
Sería una pena. A ver si encuentra la luz.

FICHA DEL PARTIDO:

Miércoles 11 de Abril y jueves 12 de Abril de 1990
Estadio Nacional
1ra Fecha Grupo III Copa Libertadores 1990
CRISTAL (0): Gonzales; Argüeso, Arteaga, Olaechea, Olivares; Fernández, Kopriva, Manassero, Galván; Cincunegui (Calvo), Dall’Orso (Loyola). DT: Óscar López-Óscar Cavallero
HUARAL (0): E.Farfán; Puntriano, Cáceda (Elguera), Paredes, Ferrari; Muñoz, León (Ruiz), Cordero, H.Rey Muñoz; D.Farfán, Aguirre. DT: Simo Vilic
Árbitro: Carlos Montalván
Asistencia: 11,000 espectadores (aprox)
Recaudación: No se dio a conocer

(Imágenes tomadas del diario El Comercio (1 y 3) y del diario Expreso (2 y 4))

1 comentario:

bambam dijo...

Felicitaciones por el post, me has hecho mear de la risa. Al haber tenido 4 años en esa epoca, no tengo ni el mas minimo recuerdo de aquel epico partido, pero valio la pena conocer las incidencias sobretodo "futbolisticas" de aquel a traves de tu relato.