viernes, 15 de junio de 2007

Retírese por favor

La autoridad de Fernando Chappell no necesitaba de cámaras para imprimirle un sello personal a cada una de sus tarjetas amarillas. Carecía de la arrogancia de Tarjetita Arana, del histrionismo de Pellejo Torres y de la mala suerte de Dr. Tejada. Su rigidez facial y una prematura cabellera cana le daban suficientes argumentos para ejercer la jurisdicción futbolística sin mayores contratiempos, pericia que ni su figura ligeramente entrada en carnes podía amainar.
Así, rígido y canoso, Chappell extendió la tradicional impopularidad de su profesión a su gremio laboral gracias a la repetida y temblorosa agitación de su dedo índice, inquisitorio cada vez que se sentía obligado a revelar los oscuros manejos existentes en el arbitraje nacional. En agosto de 1990, por ejemplo, el diario Expreso consignaba severas declaraciones de Chappell sobre la corrupción que imperaba en el referato. Recuérdese que por esas fechas 44 equipos integraban la Primera División (cómo olvidar a Los Diablos Rojos de Juliaca o al Chacarita Versalles de Iquitos, entre otras escuadras ingratamente olvidadas por el hincha de a pie), que los partidos no eran televisados y que, sobre todo en las localidades más alejadas, algunos equipos se ponían conjuntamente de acuerdo con los jueces para decretar empates a cero en enfrentamientos jamás realizados, perdiendo un punto en la tabla de clasificaciones, pero evitando la fatiga de abrir un estadio. Sin embargo, Beingolea dixit, esa es otra historia. Algún otro post de Cómicas de Balón se encargará de contárselas.
La historia que aquí nos ocupa sucedió dos años después, en noviembre del 92. Cristal, que peleaba el título con la “U”, visitaba al León de Huánuco, que a su vez pugnaba por los puntos necesarios para ingresar a la liguilla final. A los 6 minutos los celestes ya ganaban 2-0 con goles de Earl y el paraguayo Cano, tras sendas fallas que le costaron al arquero huanuqueño Ramírez el ser reemplazado por Panchi Pizarro. La afición local se agitó ante tremenda afrenta, poniendo en aprietos el sentido de pertenencia del juez asistente huanuqueño Juan Freddy Cruz Castañeda, abogado, contador público, buen padre y mejor amigo. “Oe, huevón, tú eres Huánuco” era el rugir de las tribunas para con su coterráneo. Así, en los siguientes minutos, cada vez que Chappell sancionaba a algún jugador huanuqueño por aplicar una patada voladora en la caja toráxica de su oponente, Cruz Castañeda objetaba su mandato arguyendo un choque casual que en modo alguno desvirtuaba la fraternidad deportiva. En suma, donde Chappell veía guerra, Cruz Castañeda veía paz. Un iluminado, qué duda cabe.
La terna se retiró en el medio tiempo, con el dilema existencial de Cruz Castañeda anidando en su espíritu.
En los camarines, sin embargo, Chappell fue enérgico: “Me estás volteando a la gente”, le espetó a Cruz Castañeda, quien, para colmo, había llegado al estadio solo treinta minutos antes del partido, cuando el reglamento obligaba a los jueces a presentarse con dos horas de anticipación. Chappell optó por una medida tan radical como insólita: expulsó del partido al juez de línea, siendo su puesto cubierto por el cuarto oficial Ulises Vásquez, también huanuqueño, aunque con menos compadres en tribuna, además de un endeble sentimiento comunitario confundido con “imparcialidad”.
Cristal terminó ganando el partido por 4-2, Dall’Orso falló un penal que hubiera acercado el empate y el expectorado Cruz Castañeda terminó observando las incidencias del segundo tiempo sentado sobre un cooler contiguo a la banca del León.
Curiosamente, tiempo después Chappell sufrió un deja vú en Sullana, cuando expulsó al juez de línea piurano Víctor Suyón en un partido que disputaban Torino y Melgar por el campeonato del 95. Aquella vez lo hizo con tan solo 14 minutos jugados, superando su record personal.
Chappell terminó su carrera arbitral con una dilatada serie de eventos que configuraron lo que podría llamarse “una mala racha”: Quedó postrado por varios meses en una cama, convaleciente de una intervención quirúrgica destinada a sanar una lesión sufrida en un Pesquero-Alianza del año 96. Le quitaron la insignia FIFA. Su departamento se incendió. Lo estafaron en la compra de una casa. Etc.
De más está señalar que su teléfono no registró llamadas solidarias de sus colegas.
Luego trabajó como crítico arbitral en un programa de radio y de vez en cuando algún medio lo entrevista para que siga denunciando la corrupción en el referato, quijotesca misión que ocasionalmente lo rescata de la desmemoria futbolística.

FICHA DEL PARTIDO:
Domingo 1 de Noviembre de 1992
Estadio Heraclio Tapia (Huánuco)
28va Fecha Descentralizado 1992
LEÓN (2): Ramírez (Pizarro); Miranda, Gastiaburú, Chicoma, Arismendi; Zé Carlos, Serrano, Barrueta (Anchisi), Lara; Dall’Orso, Buffarini. DT: Roberto Challe
CRISTAL (4): Quesada; Rojas, Earl, Arteaga, Pinillos; Garay, Palacios, Suárez, Torres; Cano, Navarro (Baldessari). DT: Juan Carlos Oblitas
Árbitro: Fernando Chappell
Asistencia: 8,000 espectadores (aprox)
Goles: Earl 40’’PT, Cano 6’PT, Suárez 13’ST y 25’ST (SC); Buffarini 33’ST, Arismendi 38’ST (LH)
Detalle: Dall’Orso falló un penal a los 40’ST.

(Imágenes tomadas de la revista Once y el diario El Comercio)

lunes, 11 de junio de 2007

Gol de Bandera


Jugaban Municipal y Mannucci en el estadio de Chorrillos, mejor conocido como La Cancha de los Muertos, gracias al buen gusto de la comuna chorrillana de edificar un coloso deportivo sobre un camposanto.
Era la temporada 94 y Muni había armado un equipo nada despreciable: le había arrebatado a la “U” a Ronald Baroni, al cual se le sumaron luego Puchungo Yáñez, Cabezón Carmona y César Charún, entre otros. La campaña, de la mano de Challe, venía siendo redonda: de 8 partidos, habían ganado 7 y perdido 1, compartiendo el liderato con Cristal, a la postre campeón de aquel torneo y de los dos siguientes. Mannucci, dirigido por Julio César Uribe, empezaba a saborear el curso de derrotas que le terminarían facturando la baja.
El partido estaba empatado a cero y transcurría dentro de los cauces normales. Mientras en la cancha los jugadores atormentaban a los cadáveres del subsuelo con barridas y puntapiés, en tribuna el Cholo Sotil, que trabajaba por entonces en las divisiones menores del Mannucci, no se cansaba de alentar al equipo de la Franja, en una cabal demostración de que el profesionalismo jamás puede desbordar los linderos de la sensibilidad humana.
También era normal que seis hinchas ediles estuvieran apostados sobre el altísimo muro del lado sur, el cual delataba la ausencia de tribuna en aquel sector. Lo anormal era la inmensa bandera que se habían dado el trabajo de transportar hasta las alturas de su palco artificial, tan preferencial como riesgoso.
Debajo de aquel muro se encontraba sobre los 28 minutos del segundo tiempo Óscar Ibáñez defendiendo el arco trujillano. La Chancha Besada, robusto delantero de Municipal cuyo apelativo está de más comentar, se proyectaba por izquierda decidido a sacar un centro al área. Por algún extraño patrón osmótico, el andar desacertado de Besada se proyectó en la psiquis de uno de los hinchas, que, efectuando alguna maniobra imprudente, dejó caer la bandera desde las alturas, empezando esta a flamear libérrima dentro del pórtico. Se suscitó entonces una coincidencia más: Besada contravino el transcurso habitual de su carrera deportiva y dio un buen servicio al área, llegando preciso Alfredo Carmona para reventar el arco. El balón traspasó apenas la línea, rebotó en la bandera y regresó al campo de juego. Once manos trujillanas se levantaron para reclamar una situación no contemplada por reglamento de fútbol alguno. Posiblemente el árbitro Alberto Tejada preguntó para sus adentros por qué siempre le tocaba a él tomar las decisiones más jodidas y, acto seguido, convalidó el gol.
Al tiempo que la bandera ascendía y regresaba discretamente a su lugar habitual, los jugadores de Municipal defendían con uñas y dientes el triunfo, la punta y el azar.
Culminado el partido con el 1-0, los dirigentes trujillanos levantaron la voz exigiendo la inmediata anulación del partido por la intervención no solicitada de la bandera.
Uribe, más conocedor de las ironías del destino, se limitó a reconocer la derrota de su equipo, aplaudiendo el trabajo de Tejada y de los 22 jugadores en la cancha, no pudiendo contenerse, sin embargo, a dejar una frase para la posteridad: “Este ha sido el partido más higiénico del campeonato”.
No obstante, la justicia puede tardar, pero cuando llega es inclemente. La semana siguiente Municipal perdió la punta tras caer 3-1 en Sullana y, hasta la fecha, jamás ha vuelto a ubicarse como líder de algún campeonato de Primera División.
Si alguna maldición suscitó o no aquella bandera, es tarea que corresponde a investigadores más acuciosos. No es política de este blog cuestionar los mandatos divinos.

FICHA DEL PARTIDO:

Sábado 28 de Mayo de 1994
Estadio Municipal de Chorrillos
9na Fecha del Descentralizado 1994
MUNICIPAL (1): Purizaga; Charún, Cáceda, Pedraglio, Vidales; Jiménez, Lobatón (Rodríguez), Carmona, Yáñez; Aservi (Eugenio La Rosa), Besada. DT: Roberto Challe
MANNUCCI (0): Ibáñez; Fajardo, Mendoza, Flores, Medina; Zapata, Takayama, Redher (Cavero), Chávez (Loyola); Franco Navarro, Arias. DT: Julio César Uribe
Árbitro: Alberto Tejada
Asistencia: 4,563 espectadores
Recaudación: S/. 25,390
Gol: Alfredo Carmona 28’ST (DM)
(Imágenes tomadas de El Bocón)

Declaración de Principios

No nos engañemos. La historia del fútbol peruano, como toda esfera que condense algún tipo de sentimiento nacional, está escrita en diminutivos. Desde sus jugadores (Machito, Chiquito, Cholito) hasta sus periodistas (Gallo Gallito, Vega Veguita), pasando por el señor que informa las asistencias en el Estadio Nacional (Don Juanito Maldonado) y el inválido que aparece ubicuo reclamando una colaboración a hinchas y dirigentes después de cada partido, en plena digestión de la derrota (Quieroguita).
No nos engañemos. La historia del fútbol peruano no se resume en epopeyas aisladas contadas por nuestros abuelos. Ni en Berlín ni en La Bombonera, ni en Lolo ni en Cachito. Ni siquiera en la perorata de autoayuda de Freddy Ternero, monserga más cercana a Belmont que a Deepak Chopra gracias a su escalofriante materialización en un sillón municipal. Todas aquellas jornadas de triunfo, absolutamente inconexas entre sí, son apenas hipos frente a nuestro innato apego a la frustración.
Por eso, la historiografía deportiva realizada en este blog gravitará en torno a aquellos acontecimientos infelizmente olvidados que han provisto al fútbol peruano del néctar de su ser. En suma, su propia decadencia configurada por anécdotas banales e intrascendentes.
El autor no se responsabiliza por las risas o lágrimas que estas pudieran ocasionar.