lunes, 27 de agosto de 2007

Golpe de Locura

Como deslinde necesario, debo aclarar que Ramón Quiroga me cae simpatiquísimo. Sus corbatas con motivos Looney Tunes son un sopapo a la solemnidad que este blog pretende enfrentar. Sus chistes de suegras serían deleite de cualquier pasillo de avión, espacio vital en el que alguna vez gobernara la chispa de Felipe Carbonell. Resumiendo, Quiroga me parece un tipazo.

No podría decir lo mismo del ex réferi Carlos Montalván. No por alguna inquina personal, sino porque poco sé de él. Apenas lo recuerdo como esforzado crítico arbitral de DxTV, espacio televisivo del periodista Bruno Espósito que exhibiera tanto amor al deporte como a los ternos Baronet color mostaza de sus panelistas.

Una veraniega tarde de 1989 el destino uniría a Quiroga y Montalván en una confrontación pugilística resuelta unilateralmente. La “U” y Alianza se enfrentaban cinco meses después del infausto clásico por Copa Libertadores en que los íntimos se retiraron del partido tras quedarse con 6 jugadores en cancha, dos de ellos supuestamente lesionados. “¡Vuelve el clásico!”, titulaba la prensa.

Era la liguilla del incomprensible campeonato de 1988, posiblemente el más caótico de la historia del fútbol nacional y mundial. Este había comenzado con un Regional dividido en zonas, incluido un Metropolitano de equipos limeños escindido en dos grupos. Los mejores doce equipos del Regional clasificaban a un llamado “Descentralizado A”, cuyos cinco clubes mejor posicionados pasaban a una liguilla por el título. El sexto participante de aquella liguilla provenía del denominado “Descentralizado B”, que congregaba a los peores equipos del Regional, divididos nuevamente en zonas y que clasificaban a una preliguilla interregional cuyo campeón accedía al hexagonal que mencionamos. Los no clasificados a la preliguilla terminaban disputando el descenso en múltiples repechajes. Si su lectura ya llegó hasta acá, reciba usted mi aplauso y tómese una breve pausa para evitar mareos.

Toda esta información inútil solo sirve para aclarar que la “U” había llegado a la liguilla como tercero del “Descentralizado A” y Alianza como campeón del “Descentralizado B”. También participaban en el hexagonal Cristal, Alianza Atlético, Huaral y Octavio Espinosa. Era la segunda fecha de la liguilla y el clásico se jugaba como fondo del triplete que había incluido un Cristal-Espinosa y un Huaral-Sullana. Una delicatessen al paladar futbolero. Universitario, de la mano del Ciego Oblitas, llegaba como amplio favorito, con Chemo Del Solar como defensor promesa y una Trinchera Norte recién fundada. En Alianza, por su parte, aún seguía fresca la tragedia de Ventanilla. Tenía un equipo parchado, contando como técnico con su ídolo histórico Teófilo Cubillas, quien afirmaba que no valía la pena estudiar para ser entrenador, pues había seguido un curso en Miami que lo había aburrido mucho. El clásico le dio la razón, pues El Nene cometió la temeridad de ubicar al picapedrero Vitito Reyes como mediapunta, respondiéndole este con un soberbio cabezazo que batió a Chávez-Riva y abrió el marcador.


Eran las épocas de los simpáticos “carruseles”. La fecha anterior, por ejemplo, alguna intervención paranormal logró que 46,212 espectadores se congregaran en un Estadio Nacional apto para recibir 45,574 personas. Al clásico solo llegaron al Nacional 45,104 tribuneros, alcanzando, sin embargo, una recaudación mayor a la jornada previa, pese a que el precio era el mismo. La volatilidad económica del país o los veinte mil espectadores que quedaron fuera del coloso con entrada en mano son argumentos igual de valederos para explicar el fenómeno.

Dada la aglomeración de pagantes sin ingreso al estadio, la Policía Nacional no tuvo mejor idea que cerrar las puertas del coloso, saltándose olímpicamente el recuerdo de la tragedia del 64. La situación en tribuna era tensa y se expresaba en lo cargado del ambiente. Así lo describió el periodista de El Comercio encargado de cubrir el encuentro:

“La barra de Alianza Lima que se ubica en sector de occidente, sin duda está integrada en su mayoría por elementos desadaptados, pero no se explica que hayan compuesto canciones alusivas a su institución con las mayores groserías y que también recibiera al equipo de Universitario de la misma forma, sin el menor respeto para las damas que estaban entre ellos, algunas de cierta edad, y los niños”.

Todo un ginebrés. Sin embargo, la cosa no llegó a mayores y el partido transcurrió con normalidad hasta el minuto 45 del segundo tiempo. Balán Gonzales y Fidel Suárez habían volteado el partido para la “U”, pero en tiempo de descuento el árbitro Montalván decretó un tiro libre indirecto al borde del área crema por una pierna en alto de Pedro Requena. Wilmar Valencia tocó suavemente el balón para César Cueto y este convirtió uno de los goles más repetidos por la historiografía televisiva.



Ahí nomás terminó el partido y, mientras Cueto y cía. festejaban un empate hazañoso, el asistente técnico de Oblitas, Ramón Quiroga, se dirigió al juez Montalván, reclamándole los minutos de compensación, al tiempo que le aplicaba un puñete en el estómago y una patada en la canilla derecha. Descargada su furia, El Loco regresó a su camerino murmurando algo para sus adentros. Leo Rojas y el Dr. Alva se encargaron de auxiliar a un esmirriado Montalván, que había perdido tanta autoridad en la cancha como sangre de la nariz.


Mientras prensa y pueblo exigían la deportación inmediata de Quiroga, y algunos hasta lo acusaban de alentar la violencia en una fecha tan sensible para el país (en horas de la mañana, había fallecido el patricio Bustamante y Rivero), el dirigente crema Alfredo González manifestaba su solidaridad con Montalván, al que calificaba como su amigo personal, afirmando que sus errores no justificaban “una actitud tan criticable” como la del ex arquero, al que separarían inmediatamente de su institución. Ni imaginaba por entonces que una perversa fiscal complotaría muchos años después contra su noble misión de paz.

Tendido en la habitación 416 de la clínica Javier Prado, con contusión en la zona hepática y hematoma en la pierna derecha, Montalván hizo de su magullada anatomía una causa común del referato, acusando que ya existían antecedentes, como cuando Alfredo González lo ofendiera “de palabra” en un partido anterior ante Cristal. Después de dos radiografías, una ecografía, y los respectivos análisis de sangre y orina, pudo regresar a su casa el viernes 13, ominosa jornada.

Ominosa porque perdió un amigo. Enterado de lo dicho por Montalván, González lo tildó de aliancista, lo acusó de tener miedo de botar a Cueto y hasta de ser un peligro inminente para la salud física de los hinchas. “Tendremos que botar la pelota al lateral, porque este señor puede generar una tragedia en el estadio”, sentenció, acotando que contrademandarían a Montalván por daños y perjuicios. De paso, anunció que Quiroga ya se había presentado a la comisaría con su abogado, que lo habían dejado libre y que su institución no lo dejaría desamparado. Tras la declaración, el apellido Montalván fue inmediatamente borrado de su selecta agenda.

En fin, Montalván se lo buscó. Y así dicen que el loco es Quiroga.

FICHA DEL PARTIDO:

Miércoles 11 de Enero de 1989
Estadio Nacional
2da Fecha Liguilla Descentralizado 1988
UNIVERSITARIO (2): Chávez-Riva; L.Rojas, Requena, Del Solar, Trece (J.Torrealva); Carranza, Reyna, Martínez, Yáñez (Suárez); A.Gonzales, Araujo. DT: Juan Carlos Oblitas
ALIANZA (2): Mendoza; C.Gonzales (A.Soto), García, Reynoso, R.Rojas; Earl, W.Valencia, M.Charún (Alguedas), Cueto; Reyes, Rodríguez. DT: Teófilo Cubillas
Árbitro: Carlos Montalván
Asistencia: 45,104 espectadores
Recaudación: I/. 47’008,623
Goles: Reyes 34’PT y Cueto 47’ST (AL); A.Gonzales 27’ST y Suárez 36’ST (U)
TR: Martínez (U); Earl (AL)

(Fotos tomadas del diario El Comercio)

lunes, 13 de agosto de 2007

Servicios Básicos

2.0. La luz

Digamos primero que aquel era un día de miércoles, literal y metafóricamente. 11 de abril del 90, dictaba el calendario. Tras los inéditos resultados electorales del domingo, Vargas Llosa contemplaba la posibilidad de renunciar a la segunda vuelta y el presidente Alan García divulgaba públicamente su apoyo a Fujimori como consagración, a confesión de parte, del combate espiritual contra la derecha por el que había sido predestinado. En tanto, desde Nueva York, el fredemista Chirinos Soto (q.e.p.d. y q.d.d.g.) declaraba que el país no podía darse el lujo de elegir a un japonés como presidente. También en Nueva York, en el departamento de la calle 52 que la cobijó desde su prematuro retiro, una letal neumonía cronometraba los últimos días de Greta Garbo.
Se venía la Semana Santa y los medios se encargaban de recordar la fecha como “una reafirmación de la fe cristiana”. El tsunami nipón-evangelista concitaba la atención de la chismografía limeña. En tanto, la señora Higuchi compraba bacalao en el mercado. Y para no perder su cuota de protagonismo, Sendero Luminoso decidía concatenar una serie de atentados en la capital. Primero, coche bomba en el Casino de la Policía. Luego, explosivos varios en el Paseo Colón, el Óvalo Santa Anita y la Universidad Agraria. De sobremesa, a las 8:52 p.m., destrucción de dos torres en la línea de transmisión Callahuanca-Chavarría en Santa Eulalia.
¿Y esto qué diablos tiene que ver con el fútbol?, se preguntará usted. Pues casi nada, salvo para ratificar que, como dijera el escritor británico Douglas Adams, solo las malas noticias viajan a una velocidad mayor que la luz. Y de la luz es que vamos a hablar a continuación.
Dos meses después de aquella final de contratiempos hídricos, volvían a verse las caras Cristal y Unión Huaral, esta vez por la Copa Libertadores. Además del carácter revanchista que lo matizaba, el encuentro concitó levemente la atención del público dado que el campeonato local aún no se había iniciado. Es más, ni siquiera contaba con programación ni se sabía a ciencia cierta qué equipos lo integrarían. Pero esa es otra historia.
El campeón Huaral no contaba con altas ni con bajas, encarando el match con el mismo once con el que había ganado la final. Cristal, en cambio, sí tenía algunas novedades. En conmovedor ejemplo de lo que significa la solidaridad nacional, la dupla gaucha López-Cavallero decidió importar al equipo celeste a cuatro connacionales: Argüeso, Galván, Kopriva y Cincunegui. Cuéntese que el 75 por ciento de aquel cuarteto no llegó a julio.
El partido se desarrollaba entre la monotonía y la impericia tan habituales a nuestro balompié, dejando escasa sustancia para comentario alguno. Ante este déficit de incidencias, lo más interesante era que los reflectores hubieran oscilado hasta en tres ocasiones distintas durante el encuentro. Y también el que Juan Carlos Kopriva decidiera lesionar al huaralino Enrique León sin que el árbitro Montalván le sacara siquiera una amarilla. Años más tarde, la justicia divina y Nunes se encargarían de cobrárselo.
A los 18 minutos del segundo tiempo, cuando el Payasito Óscar Calvo se disponía a ingresar al campo por el inoperante Maximiliano Cincunegui, veinte reflectores del lado Sur-Oriente se apagaron en forma definitiva. Vehículos policiales y ambulancias alumbraron en la media hora que Montalván dio como espera para reanudar el encuentro. A las 9:48 p.m., con las torres de Santa Eulalia derribadas y Lima entera en penumbras, el juez dio su veredicto: váyanse a dormir. En las graderías, las rechiflas del público silenciaban el coro de los grillos y el estruendo de alguna bomba x puesta a mediana distancia. Montalván dirigió la mirada a las tribunas, pero decidió no hacerles caso. Total, ni se les veía.
A la mañana siguiente no se sabía aún qué pasaría con los minutos no jugados. Era Jueves Santo y todos querían saber de campamentos, misas o siestas, nadie de fútbol, por lo que prolongar demasiado las decisiones podía terminar costando el fin de semana largo. Así que se optó por lo más salomónico. Al borde del mediodía, las neuronas dirigenciales comenzaron a agitarse: que se juegue de una vez y que la gente entre gratis. “De una vez” significó “ya mismo”, o mejor dicho, “¿Qué esperan, carajo?”. Y a las 4 de la tarde, para que no jodieran los apagones.
Así, con solo 4 horas de lapso entre la decisión dirigencial y la reanudación del partido, las radios hacían lo buenamente posible para notificar al público de la buena nueva: puertas abiertas para todos. Sobre las cuatro de la tarde, 5’000 personas (la mitad de asistentes en la noche anterior) se congregaron en el primer coloso deportivo para ver los 27 minutos pendientes. Según los datos oficiales, el 98% de la gente entró a Oriente. El restante 2% (100 personas) se acomodó en las otras tres tribunas.
A la usanza peruana, aquella que nos hace comprar ataúdes cuando el muerto ya está enterrado, los dirigentes no tuvieron mejor idea que comprar de inmediato un generador eléctrico. Como el partido se jugó en la tarde y con luz natural (véase ahí la sapiencia peruana), el artefacto terminó siendo utilizado por la televisora encargada de la transmisión.
El residuo del partido fue aún más soporífero que lo jugado el día previo, con futbolistas embarcados en una confrontación de alta competencia con menos de 4 horas de anticipación, sellando ambos conjuntos un empate que al momento no perjudicaba a nadie. Salvo a los 5 mil desequilibrados que sacrificaron un feriado para observar media hora de desaciertos sistemáticos.
Pero todo esto es lo de menos. Muchos otros partidos tuvieron que suspenderse por apagones, convirtiéndose esto en una marca registrada de época. Lo que diferenció a este partido, y que lo hace medianamente digno de ser contado en estas líneas, es haber sido el primer encuentro de la historia de la Copa Libertadores de América en la que el ingreso del público fue gratuito. Aunque fuera solo por 1620 segundos.
Cristal fue eliminado rápidamente del torneo, superado ampliamente por los equipos chilenos (Colo Colo y Católica) y sentenciando el rápido desafuero de López, Cavallero y casi toda la argentinidad que llevaba enquistada. (Kopriva salvó el cogote). Huaral opuso algo más resistencia ante nuestros vecinos del sur, sacando incluso un 2-2 de visita ante el entonces equipo de Chemo Del Solar luego de haber viajado a Santiago por tierra.
El fugaz ciclo exitoso de Huaral acabó tras la eliminación en segunda ronda frente a Emelec de Ecuador y la salida de Vilic por un cáncer que un par de años después le quitaría la vida. Los naranjeros perdieron la categoría en 1991, regresando y volviendo a irse en repetidas ocasiones, ganándose el cómico apelativo de “equipo ascensor”. Actualmente devanea último por la Segunda División, con altas probabilidades de descender y volver a su liga de origen, para perderse por siempre en la memoria selectiva de unos cuantos.
Sería una pena. A ver si encuentra la luz.

FICHA DEL PARTIDO:

Miércoles 11 de Abril y jueves 12 de Abril de 1990
Estadio Nacional
1ra Fecha Grupo III Copa Libertadores 1990
CRISTAL (0): Gonzales; Argüeso, Arteaga, Olaechea, Olivares; Fernández, Kopriva, Manassero, Galván; Cincunegui (Calvo), Dall’Orso (Loyola). DT: Óscar López-Óscar Cavallero
HUARAL (0): E.Farfán; Puntriano, Cáceda (Elguera), Paredes, Ferrari; Muñoz, León (Ruiz), Cordero, H.Rey Muñoz; D.Farfán, Aguirre. DT: Simo Vilic
Árbitro: Carlos Montalván
Asistencia: 11,000 espectadores (aprox)
Recaudación: No se dio a conocer

(Imágenes tomadas del diario El Comercio (1 y 3) y del diario Expreso (2 y 4))

martes, 7 de agosto de 2007

Servicios Básicos

1.0. El agua.

Toma consejo en el vino, pero decide después con agua. Tal era la máxima de Benjamín Franklin que en el verano del 90 encontró entusiastas seguidores en unos aguerridos trabajadores impagos del IPD. Con turbio cañazo en lugar de vino, porque la inflación golpeaba y no daba para exquisiteces. Pero la decisión llegó con agua.
Era el 7 de febrero de 1990 y, excentricidades de la época, el campeonato de 1989 recién llegaba a su fin. Sporting Cristal y Unión Huaral, campeones del primer y segundo Regional respectivamente, debían enfrentarse por el título en el Estadio Nacional.
Bombas, colas, paros, más bombas. El país rebosaba en vértigo y adrenalina, pero aquella jornada el amanecer se encargó de traer la sorpresa: la trajinada cancha del Nacional había soportado el Diluvio. Los trabajadores del IPD, con dos semanas de huelga a cuestas, habían decidido inundarla. Pequeños islotes de barro se habían formado en las honduras naturales del gramado. Los grifos encubiertos que habían mellado los tobillos y empeines de más de un futbolista, estaban a plena vista, como expiando culpas por tantas carreras frustradas. En suma, el fango resultante del aniego era la metáfora perfecta de la fase final del primer alanismo. Para variar, ese día Lima despertó sin agua.
Se decidió no solo postergar el partido para el día siguiente, sino cambiar de escenario. La final se tendría que jugar en Matute. Añádase al calamitoso estado del césped del Nacional, la cantidad de agua empleada en la medida de protesta, dejando desprovistos de H2O a los servicios higiénicos. La pestilencia proveniente de los baños se hubiera tornado insufrible dada la evacuación compulsiva de esfínteres, inconfundible síntoma del nerviosismo futbolero.
En lo estrictamente deportivo, Huaral llegaba al partido desgastado, pues solo tres días antes había definido con la “U” el título del Segundo Regional. Cristal, que había ganado el primero en mayo, llegaba descansado tras haber sido eliminado por el Alianza Atlético en una fase previa a la liguilla final. No entraremos en detalle sobre el indescifrable sistema de campeonato que llevó a estos dos equipos a tal definición. Quien guste de los jeroglíficos, consulte el anexo.
Por el lado naranja, Humberto Rey Muñoz capitaneaba a su escuadra pese a que había sido expulsado en el partido anterior; alguna extraña vaguedad reglamentaria lo exoneró de castigo. En Cristal, en cambio, reaparecía Olaechea, suspendido cinco meses por haberse negado a jugar el último partido de la Selección frente a Uruguay por las Eliminatorias a Italia 90, partido al que, naturalmente, habíamos llegado ya eliminados. No es redundante señalar que la usanza patriotera condenó en ese momento al Mango a la categoría de apestado social. Le dijeron renegado, traidor, paria. Resumiendo, poco menos que terruco.
Unas 15 mil personas se acercaron a Matute a presenciar la final, arrojando la taquilla una recaudación bruta de 589’759,155 intis. Imposible saber dónde se hubieran guardado los billetes en caso el estadio se hubiera llenado. En tribuna, la barra de Huaral predecía su segundo título profesional con un estribillo creado bajo la influencia del pegajoso ritmo del momento, la lambada: “Vamos a ganar, a la Rubia vamos a ganar”. Todavía no se inventaba el calificativo de "pavos" para aludir al equipo de La Florida. Tiempos de inocencia.
El partido transcurrió entre los goles errados por el Artista Antón, Manassero y Dall’Orso y una extenuada y combativa defensa huaralina, resolviéndose recién sobre el segundo tiempo suplementario. Carlos Guido pifió un balón y El Venado Ernesto Aguirre se lo arrebató, driblando con un enganche a Percy Olivares y fusilando al pintoresco arquero Gustavo Gonzales, El Gatti Peruano. Fue el único ataque huaralino y fue gol. La prensa especializada ya comparaba a Aguirre con Cachito Ramírez y el Jet Muñante. Semejante pronóstico periodístico solo puede justificarse por las temperaturas propias de la estación.
Todo parecía consumado, por lo que cinco minutos antes del final la dupla argentina López-Cavallero decidió abandonar la zona técnica y ver el partido desde la boca del túnel, compartiendo la pena y materializando el vivificante adagio de la Dra.Corazón que personificaba por entonces la robusta comediante Esmeralda Checa: "Una pena entre dos, es menos atroz".
Al silbatazo final de Paquirri Ramírez, el celoso cordón policial que se había preparado ante un eventual ataque terrorista, se vio fácilmente superado por una horda de niños que quería abrazar a los nuevos héroes del norte chico. Estos, a su vez, cargaban en andas a su técnico Simo Vilic, pionero de la moda yugoslava que invadiría nuestro fútbol a inicios de los noventa (Varagic, Brzic, Popovic, Miranovic, etc.). Por qué esta ola yugoslava se inició en Huaral, es un misterio solo comparable al por qué alguna vez la empresa Huando empleó la estrategia promocional de encapsular billetes al interior de sus naranjas.
Y así, llegada de la noche, con el júbilo y el desconcierto distanciados por diez cuadras de la indigencia de un gramado sumergido, se escribió la historia del último equipo provinciano que ha logrado consagrarse campeón nacional. Una historia que tendría, solo dos meses después, una segunda parte. Y que esperará al siguiente post para ser contada.

FICHA DEL PARTIDO:

Jueves 8 de Febrero de 1990
Estadio Alianza Lima
Final Campeonato 1989
HUARAL (1): E.Farfán; Puntriano, Cáceda, Paredes, Ferrari; Muñoz (Elguera), León (Leyva), Cordero, H.Rey Muñoz; D.Farfán, Aguirre. DT: Simo Vilic
CRISTAL (0): Gonzales; Lobatón (P.Zegarra), Arteaga, Olaechea, Guido; Palacios, Fernández, Olivares, Manassero (Calvo); Antón, Dall’Orso. DT: Óscar López-Óscar Cavallero
Árbitro: José Ramírez Calle
Asistencia: 15,075 espectadores
Recaudación: I/. 589’759,155
Gol: Aguirre 113’
TR: Olivares (SC)

(Fotos tomadas del diario El Comercio)