martes, 4 de septiembre de 2007

Siestas y desmayo

La tragedia hermana a los pueblos y a la memoria. El dramático deceso del español Antonio Puerta que ha conmocionado al mundo entero también permite asociaciones más silvestres y de consecuencias menos fatales. Espacios etéreos donde la muerte se sublima con las siempre necesarias cucharadas de humor que permiten asumir con honestidad el viejo cliché de que el show debe continuar. Por eso, este blog ha decidido remontarse hacia 1995, a una tarde sabatina en Matute.
Por convenios de escritorio que aquí no vale la pena comentar, ese día Boys recibía a Alianza Lima en Matute. Los íntimos llegaban cansados de un partido ante Cristal por la Copa y cuidaban piernas pues tres días después iban a recibir al Wilstermann de Cochabamba. Su entrenador, el serbio Iván Brzic, ya había olvidado la operación a corazón abierto que le habían practicado semanas antes, padeciendo más bien agudos dolores de cabeza dados los seis extranjeros (Marquinho, Sozzani, Monzón, Lente, Enrique, Kopriva) que había contratado el club a sabiendas de que en cancha solo podían jugar cuatro.
Boys, por su parte, semejaba ser un equipo peligroso, quedándose en las apariencias: había recuperado a Puchungo Yáñez y Balán Gonzales, ídolos chalacos a los que se sumaban algunos trajinados ex aliancistas como Vitito Reyes o Pellejo Cordero. En la delantera merodeaba otro ex grone, Ricardo Cano (¿alguien sabe qué fue de él?). Finalmente, como técnico se encontraba el ex entrenador blanquiazul José Carlos Amaral, quien era cuestionado por sus marcadas preferencias hacia los jugadores más experimentados. Con ello, pocas oportunidades recibían los juveniles rosados, cariñosamente bautizados por la prensa como “pirañitas”, apodo que alcanzaría dimensiones mayores cuando una cervecería que auspiciaba al Boys le diera a este como pago una generosa cantidad de cajas de la blonda bebida; cajas que un día, misteriosamente, desaparecieran de las instalaciones del club en medio de jugadores que protestaban por sus sueldos atrasados.
Volviendo al partido, a Balán Gonzales lo anuló completamente el zaguero Marcelo Sozzani, argentino de escasa técnica pero gran temperamento, que hasta hoy es recordado en La Victoria gracias a su espectacular look, mezcla de bailantero rioplatense con guerrero medieval. De otro lado, Marquinho, la más importante contratación aliancista de aquella temporada, recién ingresó en la segunda mitad debido a los dos días de licencia que le habían dado para viajar a Brasil a traer a Lima a su señora esposa. Las crónicas de la época cuentan que el brasileño se encontraba de pésimo humor porque la directiva no había separado hotel alguno para su cónyuge, furia contenida que podría explicar la incómoda situación que retrata la postal anexa. Por lo demás, el partido fue bastante aburrido, por lo que sería un innecesario gasto de espacio ocuparnos de sus soporíferas incidencias. Centrémonos mejor en el protagonista excluyente de aquella jornada, Alfonso Puchungo Yáñez.
Nacido en El Callao y autoconfeso fanático por igual de La Charanga Habanera y de U2, Puchungo surgió en el fútbol como un flaco y talentoso volante de la “U” de fines de los ochenta. Tenía pinta de miraflorino y contaba con un currículum nada despreciable en cuanto a conquistas amorosas (Laly Goyzueta, Giovanna Vélez, Claudia Lengua, Jessica Tejada, etc.). A manera de compensación, una voz sutilmente aguardentosa le permitía reafirmar su sentido de pertenencia, argumento suficiente para que en el puerto lo consideraran hijo dilecto. Lastimosamente, su apego a la farándula le costó ciertos enemigos en la prensa deportiva, siempre sana y lúcida, autodefiniéndose él mismo alguna vez como un perseguido, ya que algunos periodistas, incluso, habían llegado al extremo de contratar a un niño de 7 años como fotógrafo e informante semiprofesional de sus festivas andanzas por el balneario de San Bartolo.
Agradézcasele a Puchungo haber dejado algo para contar de la tarde que mencionamos. Porque mientras Morfeo deambulaba por Matute, Yáñez se encargó de no sumir a la hinchada en la más profunda de las duermevelas. De un momento a otro, sin previo aviso, no pudo soportar más sus piernas, se le bajó la presión y se desplomó sobre el gramado de juego. Pasadas las cuatro de la tarde, en Matute se interrumpía la siesta.
El argentino Pedro Damián Monzón, subcampeón mundial en Italia 90 y eterno suplente de aquel Alianza, fue el único jugador que se dignó a moverse de su asiento para escoltar al desmayado Puchungo hasta el camarín. Mientras lo acompañaba, el Comando Sur, de forma impertinente, le empezó a gritar “camillero” a modo de sugerencia vocacional.
Durante 15 minutos el centrocampista rosado fue auxiliado por Alonso Cárdenas, el médico de su institución. Para abaratar costos, se había prescindido de contratar el servicio de ambulancias para el encuentro, teniendo que recurrirse a unos paramédicos de la Octava Unidad de Bomberos que providencialmente se encontraban en las inmediaciones del estadio.
Sobre el incidente de Puchungo, el diario El Bocón consignó en su edición del día siguiente que al vestuario había llegado “su señora madre preocupada por la salud de su engreído” (sic), acotando que “también estuvieron en todo momento a su lado los dirigentes Óscar Cavero y Lorenzo Herrera, como también su compadre espiritual Agujita Bassa” (sic, sic, sic). El diario subrayó finalmente que luego de denodados esfuerzos, Yáñez había logrado sentarse a dialogar con la prensa. Una vez dado el dictamen médico, que confirmaba que Puchungo volvía a gozar de buena salud, El Bocón decidió recurrir a su habitual chispa para graficar el incidente.
El partido terminó resolviéndose del lado blanquiazul con gol de Waldir Sáenz, con lo cual el estribillo inicial de la barra porteña (“Y ya lo ve, y ya lo ve, ese es Puchungo, la rosada y su ballet”), terminó mutando en otro algo más hostil (Amaral, cobarde, la c…). Y es que jamás logró existir química entre la tribuna del Boys y el entrenador brasileño; su frágil aspecto, sumado a sus buenas maneras y manifestaciones de cariño desbordante (ver foto), lo hacían víctima fácil del desprecio de la reciedumbre chalaca, cuya única concesión al respecto es asistir a los estadios vestidos de rosado.
Consumado el partido, y a modo de distracción, la barra del Boys se unió a la de Alianza y se pusieron de acuerdo para ir juntos al Estadio Nacional a pegarle a los hinchas de Cristal, que a esa misma hora había jugado contra Unión Huaral.
Caída la noche en La Victoria, abundaban las especulaciones. Algunos afirmaban que Puchungo no había ingerido alimento ni líquido alguno desde la noche anterior en la que el equipo rosado había permanecido concentrado en el Hotel Melodía (Av. La Marina # 2247). Otros contradecían aquella aseveración, señalando que el carácter franciscano de la misma no correspondía al patrón conductual del buen Puchungo. Aquellos escépticos se encargaron de comentar en voz baja que al jugador le habían caído mal unos anticuchos.

FICHA DEL PARTIDO:

Sábado 11 de Marzo de 1995
Estadio Alianza Lima
2da Fecha Descentralizado 1995
BOYS (0): Colina; Avilés (Zegarra), Carassa, Ávila, Martínez Troncoso; V.Reyes, Cordero, Valdiviezo, Yáñez (Dolorier); Gonzales, Cano. DT: José Carlos Amaral
ALIANZA (1): Pizarro; Basombrío, Sozzani, Ruiz, Hinostroza; Rodríguez, Jayo, Rosales (Marquinho), Muchotrigo (Kopriva); Sáenz, Lente. DT: Iván Brzic
Árbitro: Luis Díaz
Asistencia: 6,043 espectadores
Recaudación: S/. 43,877
Gol: Sáenz 26’ST (AL)

(Fotos tomadas del diario El Bocón)