viernes, 16 de noviembre de 2007

Lo puso en línea

Vamos, los ochenta no eran tiempos de amor y perdices: de perdigones, en el mejor de los casos. Matar y defenderse se convertían en sinónimos, como el miedo y la sinrazón. Tu prójimo no era más que un sospechoso. Una Beretta, tu mejor amiga, la única en que podías confiar. La única religión, la violencia, y el rezo unánime Masácrense los unos a los otros. Amén.
No se confunda. Con lo dicho no pretendo librar de culpas y responsabilidades a nadie. Mucho menos al señor Gregorio Cornejo, a quien no conozco y me permito saludar de encontrarse leyendo estas líneas. Él, acaso, no fue más que una víctima de la irracionalidad de los tiempos y de la crueldad de este país. Será la Historia, en último caso, quien lo absuelva o lo condene.
¿Quién diablos es Gregorio Cornejo?, se preguntarán los contados lectores de esta humilde bitácora. Poco sabemos y por ello es conveniente no adelantar juicios. Su nombre entra a tallar en esta historia solo por dos razones: 1) era juez de línea del fútbol profesional y 2) le lanzó un banderillazo en la cara al Chuncho Torrealva. Ahora, abordemos los detalles de este relato.
El campeonato de 1987 se había reanudado tras la tragedia del Fokker y los jugadores de Universitario dejaban atrás el insoportable verano del 88 para visitar Cusco. Cienciano los esperaba. Por entonces, el cuadro cusqueño era poco más que un equipito de barrio, once voluntades de la medianía, una comparsa de cabeza gachas, un actor secundario de los muchos que tenía el enrevesado torneo nacional. Lo dirigía Hugo Ochoa Tássara, un absoluto desconocido para los más jóvenes (entre los que me incluyo), pero que ya en Edad Pfizer (69 años) va en busca de la trascendencia negada por su propia patria en el vecino país de Bolivia. ¡Suerte!
Volviendo a lo que nos ocupa, Universitario se presentaba en Cusco bajo la dirección de Juan Carlos Oblitas, aún sin canas. Para los que gustan coleccionar datos intrascendentes -como quien esto escribe- cabe señalar también que el inacabable Juan Carlos Bazalar pisaba por primera vez el gramado del Garcilaso de la Vega.
Pero el protagonista excluyente de dicha jornada (además del aludido Cornejo) fue Jesús El Chuncho Torrealva, menudo delantero pisqueño con propensión a fallar lo fácil y anotar lo difícil. Un esteta del error. A los 30 segundos de iniciado el encuentro marcó el primer gol de la visita, que sobre la mitad del primer tiempo ya vencía 1-4 con goles del arequipeño Juvenal Briceño, Fidel Suárez y Leoncio Cervera. Sobre el final de los 45 iniciales, Marco Echegaray acercó a Cienciano y reiniciado el encuentro, Percy Aguilar (otro a quien también llamaban El Chuncho, ícono del Cienciano noventero), puso las cifras 3-4. Y entonces pasó lo que pasó.
Llegó un ataque local por la derecha, el balón cruzó el área y se topó con la pierna de Samuel Eugenio, recio zaguero crema que hiciera de la patada voladora un modus vivendi que incluso llegara a los tribunales, enjuiciado por el quebrado futbolista de Cristal, Enrique Boné. Impulsado por la diestra de Eugenio, el balón se desvió hacia el arco de Urquiza, el linesman Cornejo dijo “autogol” y Pagano, el réferi, le hizo caso. 4-4. Sin importarles los estragos de la altura, los jugadores de Universitario emprendieron carrera y rodearon al juez asistente, cusqueño para mayores señas, increpándole que la pelota no había traspasado la línea de gol. En la escaramuza, se levantó un banderín que terminó impulsado contra el rostro de Jesús Torrealva. Fue un golpe seco.
No pasó a mayores, por suerte. El Chuncho ya había pasado por situaciones límite, salvando incluso su vida gracias a los buenos oficios de Jorge Nicollini, entonces mandamás de la “U”, quien lo llevara a tienda crema en desmedro de fastidiosas trabas legales, como un contrato rubricado con Alianza Lima: “Yo le compré su pase al Octavio Espinosa, pese a que él ya había firmado por Alianza. Si hubiera jugado por ellos, hubiera muerto en el accidente del Fokker”. Así que Torrealva volvió a la cancha como si nada, con un ánimo tan grande como el parche que le pusieron sobre la herida.
¿Actuó el juez de línea Cornejo en defensa propia? Eso no se sabrá nunca. Pero queda para la reflexión la frase que el corresponsal de El Comercio utilizara para describir el acontecimiento: “El que un jugador agreda verbal o físicamente a un árbitro es cosa de todos los días. Lo raro y anecdótico es que los papeles se inviertan y sea un réferi el agresor”. Así que ningún réferi puede reclamar nada si afirmamos que Cornejo hizo lo que cualquier otro árbitro hubiera querido hacer. No actuó por sí mismo, sino en nombre de todos ellos. Y es cierto, el reconocimiento puede tardar, pero llega: hoy, Cornejo trabaja en la Conar como inspector arbitral de los partidos en Cusco.
No debe haberle sido fácil el camino. Cornejo tuvo que ser víctima del vilipendio colectivo, incluso dentro del mismo gremio arbitral. Por ejemplo, el árbitro de aquel partido, César Pagano, a la usanza Chappell y de un modo absolutamente infraterno, decidió reemplazar a Cornejo por el cuarto oficial José Saldívar. Incluso, por su propia sugerencia, el asistente fue trasladado a una comisaría para ser sometido a un dosaje etílico, pues se encontraba “en aparente estado de ebriedad”.
En público, la condena. En la intimidad, la loa. Con razón dicen que no había espíritu de cuerpo en el arbitraje. Hasta tomarse unas copitas era delito.

FICHA DEL PARTIDO:

Miércoles 17 de febrero de 1988
Estadio Garcilaso de la Vega (Cusco)
27ma fecha Descentralizado 1987
CIENCIANO (4): Uscamayta; Rivas, Campos, Chávez, Mujica; Paredes, Echegaray, Loayza (Ugaz), Peña; Aguilar y Jaramillo. DT: Hugo Ochoa Tássara
UNIVERSITARIO (4): Urquiza; Berdejo, Eugenio, Requena, Trece; Bazalar, Chirinos, Cervera, Suárez; Briceño, Torrealva. DT: Juan Carlos Oblitas
Árbitro: César Pagano
Asistencia: 10,000 espectadores
Goles: Torrealva 30’’PT, Briceño 22’PT, Suárez 27’PT, Cervera 32’PT (U); Echegaray 9’PT y 42’PT, Aguilar 12’ST, Eugenio (e/c) 16’ST (CC)

(Fotos tomadas del diario El Comercio)