miércoles, 12 de agosto de 2009

Tiro panal

Eran las tres de la tarde del miércoles 16 de octubre de 1991 y faltaba media hora para el espectacular partido que, en el estadio Lolo Fernández, ícono del neoclasicismo arquitectónico, disputaría Universitario ante el poderoso y temible Octavio Espinosa de Ica, con una multitud de enfervorizados hinchas pugnando por conseguir un pedazo de entrada en las boleterías.

En tal desorden imaginativo se hallaría un hincha crema apostado en la tribuna sur cuando la realidad chocó ante sus ojos. Y no nos referimos a los detalles básicos, como que el encuentro iba a jugarse realmente en un estadio tan pequeño y vetusto como entrañable, que el rival era un equipo comatoso y condenado al descenso, y que había amplio espacio en las maderas para albergar a los 515 feligreses que se dieron cita esa tarde. No, todo eso es secundario. La realidad que contemplaba ese hincha -más confusa, más excéntrica- estaba unos metros más arriba, enredada entre los alambrados de la tribuna popular. Un enjambre de abejas había colonizado el Lolo Fernández.

Enseguida la gente empezó a correr espantada de un lado a otro en las graderías, estimulando involuntariamente a las abejas, que empezaron a revolotear a completo placer. Algunas, las menos listas, prefirieron migrar hacia los arcos y fue ahí que empezaron a bosquejarse los primeros métodos disuasivos. Alguien lanzó contra el alambrado una gorra azul que llevaba impresa la frase “Arriba Alianza”, lo que, más que disuadir, alteró aún más a las invasoras y generó diversas teorías sobre un presunto complot confabulado entre tienda blanquiazul y ciertos representantes de la población himenóptera, que incluyó en la sospecha desde al Avispón Verde hasta la Abeja Maya. A falta de pruebas contundentes, sin embargo, la denuncia quedó archivada.

Fallido el gorrazo, se suscitó entonces el mayor genocidio apícola que registre la historia del fútbol peruano. ¿Por qué? Porque los jugadores, engreidísimos, se negaron a salir al terreno de juego mientras los insectos no fueran exterminados; así que la policía, extintores en ristre, se acercó hasta el arco sur para desde ahí lanzar chorrazos fulminantes que satisficieran el capricho de los futbolistas.

Entretanto, aprovechando que las fuerzas del orden andaban algo distraídas atacando impunemente al enjambre, ciertos barristas de Universitario, menos civilizados que las propias invasoras, comenzaron a apedrear a algunos periodistas como forma de desfogue recreativo.

Las abejas, fuera de tecnicismos en los que aquí no se va a ahondar (si tiene más dudas, consulte a su apicultor más cercano), se dividen en una tipología básica: reina, obreras y zánganos. Estos últimos, como se sabe, son los machos de toda colonia. Más gordos y peludos, solo aparecen durante la primavera (estación en la que se jugó el encuentro) y el verano, teniendo como única ocupación el fecundizar a la reina y ser alimentados por las obreras. La vida perfecta. Por la hora en la que fue programado aquel partido (miércoles, 15:30), es de suponerse que fueran zánganos aquellos invasores del Lolo Fernández. No por ello merecerían menor solidaridad de nuestra parte: amigo oficinista, si usted jamás relegó sus ajetreadas labores de un miércoles por la tarde para ponerse a ver un partido de fútbol, lance la primera piedra.

Al menos, las abejas no se perdieron de nada. El partido arrancó con 15 minutos de retraso y se definió con un gol de Alfredo Cabezón Carmona, que bajó con el pecho un centro de Ricardo Bravo y fusiló al arquero Ángel Cornejo. Después, el encuentro se perdió en las nimiedades típicas del fútbol local: el punto medio entre el desengaño y el bostezo. Los cadáveres de las abejas eran la muda escenografía del desacierto. Ante la pobreza del espectáculo, ¿se justificaba tremenda masacre?

FICHA DEL PARTIDO:

Miércoles 16 de octubre de 1991
Estadio Lolo Fernández
13ra Fecha Segundo Metropolitano 1991
UNIVERSITARIO (1):
Marrou; Bravo, Requena, Barco, Vidales; Bazalar (Carranza), Martínez, Yáñez, Carmona; J.Torrealba, A.Gonzales (F.Torrealba). DT: Iván Brzic
ESPINOSA (0): Cornejo; Huamán, Aguilar, J.Gonzales, Falconí; Pereyra, Incháustegui, Oré (Romano), Ruiz; Asseretto, Quintana (Luna). DT: Raúl Martínez
Árbitro: Jesús Félix
Asistencia: 515
Gol: Carmona 22’PT (U)

Imágenes tomadas de los diarios La República (1) y Expreso (2 y 3)

viernes, 3 de abril de 2009

Amor y Ca-Che

Nota: Se sugiere acompañar la lectura de estas líneas con las inmortales melodías de Motivos (Autor: José Domingo Castaño; Intérprete: Los Morunos).

La mujer del hincha peruano se merece todo. Amor, rosas, bombones, metales, canciones al oído. Motivar su vida, motivar su vientre, motivarla toda, motivarla siempre. Porque quién mejor que ella para comprender, detrás de su aparente ingenuidad ("Cholis, ¿y hoy tampoco juega Pizarro?"), la irracionalidad futbolera perfectamente encadenada: ilusión-fe-apatía-decepción-flagelación. Para soportar las sacadas de pecho de la antesala y los golpes de pecho del post-partido. Y para tolerar algunas impertinencias, como sellar el Día del Amor en un estadio de fútbol.

Eso pasó el 14 de febrero de 1998. Alianza Lima, extasiado aún por haber campeonado después de 18 años, se plegó a diversas estrategias de merchandising con mayor o menor suceso. Una de ellas fue recibir su cumpleaños número 97, fechado en el día 15, con toda su afición recibiendo la efeméride. Para ello, el partido inaugural del Apertura 98’ ante Cienciano fue programado en el estadio Nacional a las 10 de la noche.Alberto Masías, presidente aliancista, acompañó el anuncio con un dardo al corazón: “Los hinchas tienen que probar su amor por Alianza”.




Previsiblemente, los antirrománticos saltaron. Waldir Sáenz encabezó las protestas del plantel y sostuvo el siguiente diálogo con un periodista del diario El Bocón:

-Waldir, ¿es que no quieres cantarle el happy birthday a Alianza?
-Si no espero las 12 cuando es santo de mis hermanos ni la Navidad a veces, menos voy a esperar para eso. No seas maaaalo, pues. Uno también tiene pareja, familia, ¿no?
-¿Qué harás por San Valentín?
-Salir a comer, a bailar y “liquidar” pues, jajaja. ¿Y ustedes, los periodistas, qué van a hacer a las 12 de la noche? Asu madre, qué bravo.

Cabe resaltar que dichas declaraciones fueron realizadas meses antes de que el delantero se fuera a jugar a Estados Unidos y tiñera su cabellera con tonos amostazados; por ende, queda desvirtuada la suposición de algún deterioro mental ocasionado por la adopción de tales tintes capilares. Era Waldir en su estado natural: es decir, con discursos entrampados en la locución “No pues, hermaaano” o alusiones a sí mismo en tercera persona (“Todo el mundo habla de Waldir, que Waldir esto, que Waldir lo otro. Ya dejen tranquilo a Waldir…”).

Pero parece que Waldir olvidaba que tenía de técnico a Jorge Luis Pinto y que el colombiano no era de los que cedían. No obstante, a diferencia de otras ocasiones, esa vez el entrenador empleó la sutileza. Pinto recordó que, dentro de su personalidad autocrática, latía también la festividad caribeña y, bajo la evidente influencia de Eros, declamó que su equipo iba a ser sensual con la pelota. No se quedó ahí, pues convocó a la afición aliancista a acudir masivamente al partido, instruyéndola sobre los beneficios conexos que tenía el jugar a esa hora: “Ojalá que todos los enamorados vengan y aprovechen también la oscuridad del estadio”.

Pero haría más. Decidió mandar a Sáenz al banco de los suplentes e ideó una estrategia altamente perturbadora. Fuera Waldir del equipo titular, la ofensiva blanquiazul quedó compuesta por Aldo Cavero y David Chévez. Alianza iba a ofrecer juego y cache.

“La dupla Ca-Che en el Día de los Enamorados”, tituló en la antesala el diario El Bocón, el único que reparó en la verdadera intención de Pinto. Que no era castigar al rebelde Sáenz, sino expresar la naturaleza de la fecha contrayendo y fusionando los apellidos de su dupla ofensiva: Un coito entre lingüística y fútbol que estableciera un nuevo inicio. ¿Acaso arrancar un torneo no remite a la fuente misma de la vida?

Esa noche Alianza presentó a su equipo, llevó 25 mil personas al estadio, hizo bailar a su gente con la orquesta Camagüey, le ganó a Cienciano 2-0, partió una torta gigante y todos, incluido Waldir, soplaron las velitas (imagen que más de un malpensado asoció con un control de alcoholemia). El primer gol lo hizo el Churre Hinostroza con un ‘globito’ (mensaje subliminal para la adecuada protección) y un festejo que reveló su experiencia en otras disciplinas; la dupla Ca-Che, por su parte, estuvo tan errática como quien ingresa a las lides amatorias por vez primera. La noche tuvo todo, como bien dijo Arturo Cañón Paredes, ex arquero peruano que en su vejez vendiera cigarrillos en el estadio. La voz de su experiencia resumió el evento con agudeza: “Con la música y la dupla Ca-che, solo faltó que regalaran jebes”.

Lo bueno es que todos terminaron contentos. Hasta el mismísimo Waldir. En el segundo tiempo, Pinto lo hizo ingresar tras el fracaso de su experimento y el goleador blanquiazul puso el segundo al minuto 90’, casi sobre las 12 de la noche. Tal como quería, finalmente pudo liquidar.

FICHA DEL PARTIDO:

Sábado 14 de febrero de 1998
Estadio Nacional
1ra Fecha Torneo Apertura 1998
ALIANZA (2):
Battaglia; Basombrío, Baylón, Ruiz, Salazar; Jayo, Bazalar, Hinostroza, Yáñez (Saavedra); Cavero (Sáenz), Chévez. DT: Jorge Luis Pinto
CIENCIANO (0): Mendoza; Chumpitaz, Varela, Maldonado (Parihuana), Zegarra; Muñoz (Duffóo), Cumapa, Vásquez (Takayama), Rossel; Chilindrón, Begazo. DT: Ramón Quiroga
Árbitro: Eduardo Lecca
Asistencia: 25,916 espectadores
Goles: Hinostroza 13’PT, Sáenz 45’ST (AL)

(Imágenes tomadas de los diarios El Bocón (1, 2, 4 y 5) y Líbero (3). Video cortesía de Kenny Romero, DeChalaca.com)

jueves, 5 de febrero de 2009

Amaral, el breve

La seguridad es tan corrosiva como lo son las dudas
Milan Kundera

Si algún técnico en el fútbol peruano llegó a cultivar aquello que se conoce como “don de gentes”, ese fue el brasileño José Carlos Amaral. Buen tipo. Basta recordarlo acercándose a saludar, antes de cualquier partido, a los árbitros, a los periodistas, a los recogebolas, a los aguateros y a cada integrante de la banca suplente rival, aún si el encuentro en que su equipo se jugaba la vida ya había comenzado. Es más, si hubiera podido, se subía a la tribuna a estrechar la mano de cada hincha. Con la convocatoria que suele tener el fútbol local, no le hubiera tomado ni cinco minutos.

Su frágil anatomía y finos modales despertaron una serie de infames sospechas de parte de un medio que privilegia el vozarrón, el carajeo y el chetumare. Él ni se inmutó y hasta llegó a lucir un arete en la oreja izquierda en tiempos en los que el metrosexualismo futbolero no transgredía más allá de los inocentes peinados con gel de Chemo o Baroni.

El brasileño, como es de público conocimiento, llegó a Alianza Lima en 1990 y se quedó un año y medio en La Victoria. El final llegó en la primera semana de septiembre. César Cueto, postergado por varios meses, anunciaba su retiro definitivo de las canchas, al parecer dolido por las repetidas sugerencias que le diera el técnico sobre su edad y condiciones físicas. El día 8 cerró el ciclo: con un Comando afiebrado en apoyo al Poeta, Alianza perdió 0-1 ante Defensor Lima en Matute y Amaral recibió palabras tan subidas de tono que este blog, usualmente plural en el empleo del lenguaje, se permite no reproducir.

Al día siguiente Amaral se despedía de Alianza arguyendo “incompatibilidad disciplinaria”. Al ser consultado por la prensa sobre lo que haría en adelante, regó filosofía: “Vivir”. Una oferta de Municipal interrumpió sus planes.

Los ediles marchaban en el limbo del Segundo Metropolitano, entre la liguilla y el descenso. Su técnico Ramón Quiroga acababa de renunciar y el buzo vacante se lo disputaban Amaral y Roberto Titín Drago. No fue la Ley de los 6 Minutos, sino la de los 6 Días. Tras ese lapso, las conversaciones entre el brasileño y José Marcelo Allemant, presidente edil, vieron la luz. Amaral llegaba a Muni.

Su debut era una revancha personal: Defensor Lima, el culpable indirecto de su salida de Matute, y –créalo- líder del torneo de la mano de Roberto Challe. El partido se jugaría como preliminar de un clásico. Ese día, el Nacional estaba lleno de bote a bote gracias a los “carruseles”, marca distintiva de esas épocas, con autoridades políticas multiplicándose para controlar la falsificación de entradas. En tribuna, una bandera de Brasil flameaba. Era el debut soñado.

Y entonces se suscitó una de las manifestaciones más anormales de afecto tribunero que se recuerden. Había culminado el primer tiempo del Defensor-Muni, con empate parcial 1-1, y Amaral se dirigía a vestuarios. En el camino fue oyendo una ovación que se acrecentaba. Miró arriba, hacia el Comando Sur, el mismo que lo había destrozado en insultos solo dos semanas antes, batiendo palmas ante su presencia. Los aplausos no cesaban, la sorpresa era total. ¿Habrá podido Amaral recuperarse del shock y ofrecerle una digna charla técnica a sus nuevos dirigidos?

Puede que no, porque Municipal salió adormilado al segundo tiempo y acabó perdiendo 2-1 con gol de Raúl Monstruo Hurtado. ¿Qué habrá pasado por la mente del brasileño? Una opinión psiquiátrica semicalificada asegura que la nostalgia pudo haber derribado cualquier compromiso con la realidad vigente, siendo este fenómeno más traumático cuando no ha habido un tiempo de quietud suficiente para reparar en la nueva condición asumida. Viéndose ahí, en el Muni del puñado de hinchas e infinitos problemas, Amaral ha de haber pensado lo que muchos ante cualquier situación indeseada: Que xuxa faço eu aqui.

Tal hipótesis podría respaldarse en una foto tomada al final de aquel partido, donde se observa a Amaral levantando un pulgar con la mirada perdida y, a su costado, a Roberto Challe aplaudiéndolo, como tratando de despabilarlo. La frase de Kundera, que epigrafía esta nota, podría ser la respuesta a tanto misterio.

Así que renunció, derribando probablemente el record de estabilidad laboral que cualquier entrenador haya tenido en el medio: 1 partido. Allemant no supo darle explicación a los hechos. Afirmó que habían cumplido todos sus requerimientos, como darle almuerzo a los jugadores (el equipo trabajaba a doble horario), conseguir balones oficiales para el entrenamiento y hasta concentrar al plantel en el Hotel Diplomat. En Municipal, respecto al fútbol moderno, eso equivale a construir un nuevo estadio, tener ocho canchas de entrenamiento y veinticinco áreas recreativas. “Le conseguimos de todo y yo pensé que estaba contento”, acotó el presidente edil.

Pero a Amaral, confeso creyente en el karma y la reencarnación, tales esfuerzos no le eran suficientes. Con un profundo conocimiento personal, afirmó no sentirse preparado para cumplir tamaña misión: “No tengo la pretensión de ser un gran entrenador. Puedo ser hasta chofer de autobús o barrer la calle, pero siempre siendo un hombre correcto”. Su honestidad brutal no fue comprendida en su cabal dimensión. Más terrenal, el recordado y querido Juan Eduardo Hohberg (q.e.p.d.), su sucesor, no parecía muy convencido de la espiritualidad que desplegaron las palabras del brasileño, tildándolo de “paracaidista que vino en busca de dólares”.

En fin. La carrera de Amaral tuvo un breve repunte cuando, al año siguiente, subió a Primera con el Ovación Sipesa. Luego lo contrató Cristal. De ahí la curva fue descendente: Boys, Torino, Aurich Cañaña, hasta volverse comentarista deportivo de Canal 4.

Pero Amaral jamás perdió la cordura. Para aquellos que creen que solo la humildad salvará al fútbol peruano, gocen con algunas de sus frases más memorables, tomadas al azar de una revista Once de 1997:

-“Hay entrenadores que son ganadores y otros no lo son. En este último grupo me incluyo. Estuve en Alianza y Cristal y ahora estoy en nada”.

-“En Cristal fracasé porque perdí la humildad”.

-“Mi relación con el Perú es espiritual. Pienso que el Perú es mi karma y me encanta la cultura inca”.

Tales credenciales declarativas bastarían para hacerlo entrenador de la Selección. Lamentablemente, a Amaral hace tiempo le perdimos el rastro. Más de uno ha tratado de ubicarlo en Pare de Sufrir y otras comunidades garoto-cristianas, pero ha sido en vano. Parece que su rollo iría por el hinduismo, sin descartar de plano el confucionismo.

Lo único cierto es que no sabemos nada de él desde 1998, año en que un equipo al que ya había entrenado le dio una nueva (y la última) oportunidad de dirigir en el medio. ¿Adivina cuál fue? Sí, acertó.

FICHA DEL PARTIDO:

Domingo 22 de septiembre de 1991
Estadio Nacional
6ta Fecha Segundo Metropolitano 1991

DEFENSOR (2): Palma; Robatti, Vinces, Castro, Barreda; Díaz, Vílchez (Bassa), Meza (Lula), B.Rodríguez; Hurtado, Revilla. DT: Roberto Challe
MUNICIPAL (1): Vega-Centeno; M.Morán, Mármol, J.Vidales, Vega; José Soto, Chirinos, Guillén, L.Morán (Jorge Soto); Besada (Turletti), Sciaqua. DT: José Carlos Amaral
Árbitro: Leo Ramírez
Asistencia: 36,197 espectadores (preliminar Universitario-Alianza)
Recaudación: S/. 138,022
Goles: V.Díaz 17’PT, Hurtado 33’ST (DL); Besada 19’PT (DM)

(Imágenes tomadas de los diarios El Comercio (1 y 5) y Expreso (2, 3 y 4))