jueves, 5 de febrero de 2009

Amaral, el breve

La seguridad es tan corrosiva como lo son las dudas
Milan Kundera

Si algún técnico en el fútbol peruano llegó a cultivar aquello que se conoce como “don de gentes”, ese fue el brasileño José Carlos Amaral. Buen tipo. Basta recordarlo acercándose a saludar, antes de cualquier partido, a los árbitros, a los periodistas, a los recogebolas, a los aguateros y a cada integrante de la banca suplente rival, aún si el encuentro en que su equipo se jugaba la vida ya había comenzado. Es más, si hubiera podido, se subía a la tribuna a estrechar la mano de cada hincha. Con la convocatoria que suele tener el fútbol local, no le hubiera tomado ni cinco minutos.

Su frágil anatomía y finos modales despertaron una serie de infames sospechas de parte de un medio que privilegia el vozarrón, el carajeo y el chetumare. Él ni se inmutó y hasta llegó a lucir un arete en la oreja izquierda en tiempos en los que el metrosexualismo futbolero no transgredía más allá de los inocentes peinados con gel de Chemo o Baroni.

El brasileño, como es de público conocimiento, llegó a Alianza Lima en 1990 y se quedó un año y medio en La Victoria. El final llegó en la primera semana de septiembre. César Cueto, postergado por varios meses, anunciaba su retiro definitivo de las canchas, al parecer dolido por las repetidas sugerencias que le diera el técnico sobre su edad y condiciones físicas. El día 8 cerró el ciclo: con un Comando afiebrado en apoyo al Poeta, Alianza perdió 0-1 ante Defensor Lima en Matute y Amaral recibió palabras tan subidas de tono que este blog, usualmente plural en el empleo del lenguaje, se permite no reproducir.

Al día siguiente Amaral se despedía de Alianza arguyendo “incompatibilidad disciplinaria”. Al ser consultado por la prensa sobre lo que haría en adelante, regó filosofía: “Vivir”. Una oferta de Municipal interrumpió sus planes.

Los ediles marchaban en el limbo del Segundo Metropolitano, entre la liguilla y el descenso. Su técnico Ramón Quiroga acababa de renunciar y el buzo vacante se lo disputaban Amaral y Roberto Titín Drago. No fue la Ley de los 6 Minutos, sino la de los 6 Días. Tras ese lapso, las conversaciones entre el brasileño y José Marcelo Allemant, presidente edil, vieron la luz. Amaral llegaba a Muni.

Su debut era una revancha personal: Defensor Lima, el culpable indirecto de su salida de Matute, y –créalo- líder del torneo de la mano de Roberto Challe. El partido se jugaría como preliminar de un clásico. Ese día, el Nacional estaba lleno de bote a bote gracias a los “carruseles”, marca distintiva de esas épocas, con autoridades políticas multiplicándose para controlar la falsificación de entradas. En tribuna, una bandera de Brasil flameaba. Era el debut soñado.

Y entonces se suscitó una de las manifestaciones más anormales de afecto tribunero que se recuerden. Había culminado el primer tiempo del Defensor-Muni, con empate parcial 1-1, y Amaral se dirigía a vestuarios. En el camino fue oyendo una ovación que se acrecentaba. Miró arriba, hacia el Comando Sur, el mismo que lo había destrozado en insultos solo dos semanas antes, batiendo palmas ante su presencia. Los aplausos no cesaban, la sorpresa era total. ¿Habrá podido Amaral recuperarse del shock y ofrecerle una digna charla técnica a sus nuevos dirigidos?

Puede que no, porque Municipal salió adormilado al segundo tiempo y acabó perdiendo 2-1 con gol de Raúl Monstruo Hurtado. ¿Qué habrá pasado por la mente del brasileño? Una opinión psiquiátrica semicalificada asegura que la nostalgia pudo haber derribado cualquier compromiso con la realidad vigente, siendo este fenómeno más traumático cuando no ha habido un tiempo de quietud suficiente para reparar en la nueva condición asumida. Viéndose ahí, en el Muni del puñado de hinchas e infinitos problemas, Amaral ha de haber pensado lo que muchos ante cualquier situación indeseada: Que xuxa faço eu aqui.

Tal hipótesis podría respaldarse en una foto tomada al final de aquel partido, donde se observa a Amaral levantando un pulgar con la mirada perdida y, a su costado, a Roberto Challe aplaudiéndolo, como tratando de despabilarlo. La frase de Kundera, que epigrafía esta nota, podría ser la respuesta a tanto misterio.

Así que renunció, derribando probablemente el record de estabilidad laboral que cualquier entrenador haya tenido en el medio: 1 partido. Allemant no supo darle explicación a los hechos. Afirmó que habían cumplido todos sus requerimientos, como darle almuerzo a los jugadores (el equipo trabajaba a doble horario), conseguir balones oficiales para el entrenamiento y hasta concentrar al plantel en el Hotel Diplomat. En Municipal, respecto al fútbol moderno, eso equivale a construir un nuevo estadio, tener ocho canchas de entrenamiento y veinticinco áreas recreativas. “Le conseguimos de todo y yo pensé que estaba contento”, acotó el presidente edil.

Pero a Amaral, confeso creyente en el karma y la reencarnación, tales esfuerzos no le eran suficientes. Con un profundo conocimiento personal, afirmó no sentirse preparado para cumplir tamaña misión: “No tengo la pretensión de ser un gran entrenador. Puedo ser hasta chofer de autobús o barrer la calle, pero siempre siendo un hombre correcto”. Su honestidad brutal no fue comprendida en su cabal dimensión. Más terrenal, el recordado y querido Juan Eduardo Hohberg (q.e.p.d.), su sucesor, no parecía muy convencido de la espiritualidad que desplegaron las palabras del brasileño, tildándolo de “paracaidista que vino en busca de dólares”.

En fin. La carrera de Amaral tuvo un breve repunte cuando, al año siguiente, subió a Primera con el Ovación Sipesa. Luego lo contrató Cristal. De ahí la curva fue descendente: Boys, Torino, Aurich Cañaña, hasta volverse comentarista deportivo de Canal 4.

Pero Amaral jamás perdió la cordura. Para aquellos que creen que solo la humildad salvará al fútbol peruano, gocen con algunas de sus frases más memorables, tomadas al azar de una revista Once de 1997:

-“Hay entrenadores que son ganadores y otros no lo son. En este último grupo me incluyo. Estuve en Alianza y Cristal y ahora estoy en nada”.

-“En Cristal fracasé porque perdí la humildad”.

-“Mi relación con el Perú es espiritual. Pienso que el Perú es mi karma y me encanta la cultura inca”.

Tales credenciales declarativas bastarían para hacerlo entrenador de la Selección. Lamentablemente, a Amaral hace tiempo le perdimos el rastro. Más de uno ha tratado de ubicarlo en Pare de Sufrir y otras comunidades garoto-cristianas, pero ha sido en vano. Parece que su rollo iría por el hinduismo, sin descartar de plano el confucionismo.

Lo único cierto es que no sabemos nada de él desde 1998, año en que un equipo al que ya había entrenado le dio una nueva (y la última) oportunidad de dirigir en el medio. ¿Adivina cuál fue? Sí, acertó.

FICHA DEL PARTIDO:

Domingo 22 de septiembre de 1991
Estadio Nacional
6ta Fecha Segundo Metropolitano 1991

DEFENSOR (2): Palma; Robatti, Vinces, Castro, Barreda; Díaz, Vílchez (Bassa), Meza (Lula), B.Rodríguez; Hurtado, Revilla. DT: Roberto Challe
MUNICIPAL (1): Vega-Centeno; M.Morán, Mármol, J.Vidales, Vega; José Soto, Chirinos, Guillén, L.Morán (Jorge Soto); Besada (Turletti), Sciaqua. DT: José Carlos Amaral
Árbitro: Leo Ramírez
Asistencia: 36,197 espectadores (preliminar Universitario-Alianza)
Recaudación: S/. 138,022
Goles: V.Díaz 17’PT, Hurtado 33’ST (DL); Besada 19’PT (DM)

(Imágenes tomadas de los diarios El Comercio (1 y 5) y Expreso (2, 3 y 4))

4 comentarios:

Said_t dijo...

Ya venía siendo tiempo de otra cómica... te hiciste esperar.
En fin creo que al tal Amarral lo vi en un local de la MMM recomendando las bondades de los diezmos

rrv dijo...

Jose Soto de volante de contencion, junto a Javier Chirinos

Esteban dijo...

amaral... se dedicó a la música??? (¿?)

Anónimo dijo...

EN VERDAD ESTE TIPO FUE TODO UN COBARDE QUE VIO QUE CON EL EQUIPO QUE TENIA MUNI SE IBA IR AL DESENSO COMO SE DICE "MARICONEO" EN CAMBIO JUAN EDUARDO HOBERT SABIA LO QUE ERA ESTAR EN MUNI LA TRADICION Y LA PASION QUE DESPIERTA Y LO SALVO DE LA BAJA